Cada otoño
necesito fumigarme.
Esparcir humo a bocanadas
y aniquilar este hormiguero
que no deja de colectar hojas secas;
y revolver recuerdos.
Cada otoño
necesito fumigarme.
Esparcir humo a bocanadas
y aniquilar este hormiguero
que no deja de colectar hojas secas;
y revolver recuerdos.
El otoño llega trepado en un vientecito ramplón,
muy traicionero, que lejos de soplar, succiona.
El jueves, mientras me ponía mi suéter,
ya estaba el Negro revolviendo la hojarasca;
algo valioso e inédito habría de ir en ese aliento,
que con sólo venir, ya estaba quitándonos algo.
El otoño llega trepado en un vientecito ramplón,
muy traicionero, que lejos de soplar, succiona.
El jueves, mientras me ponía mi suéter,
ya estaba el Negro revolviendo la hojarasca;
algo valioso e inédito habría de ir en ese aliento,
que con sólo venir, ya estaba quitándonos algo.
El desasosiego del gordo Carstens, es, de veras famélico. Se le engusanaron —de políticos y sindicalistas— la despensa y el refri estatales, que tenía llenitos de comida. ¡Vaya ansiedad! ¡Qué asco! Ni modo de ponerse a limpiar el cochinero a la mitad de la noche, con riesgo a que se entere el patrón.
Es una escena para revolverle el estómago a cualquiera, para quitarle a uno el hambre más patológica; pero aún así, las tripas del gordo chillan cuando se asoma a la fiambrera del padrón de contribuyentes, que ya no tiene ni moronas. Y en esa desesperación, le sobreviene su inventiva de líder emergente en un delicioso “Eureka”. Ha imaginado los más inusuales platillos fiscales: virtuales, de telefonía celular; apetitosos conceptos que van quedando redactados en una servilleta, y aderezan la lista de ingredientes de lo que será su proyecto de Ley de Ingresos. Nada carroñero el menú —se queda pensando—, todavía no.
]]>
El desasosiego del gordo Carstens, es, de veras famélico. Se le engusanaron —de políticos y sindicalistas— la despensa y el refri estatales, que tenía llenitos de comida. ¡Vaya ansiedad! ¡Qué asco! Ni modo de ponerse a limpiar el cochinero a la mitad de la noche, con riesgo a que se entere el patrón.
Es una escena para revolverle el estómago a cualquiera, para quitarle a uno el hambre más patológica; pero aún así, las tripas del gordo chillan cuando se asoma a la fiambrera del padrón de contribuyentes, que ya no tiene ni moronas. Y en esa desesperación, le sobreviene su inventiva de líder emergente en un delicioso “Eureka”. Ha imaginado los más inusuales platillos fiscales: virtuales, de telefonía celular; apetitosos conceptos que van quedando redactados en una servilleta, y aderezan la lista de ingredientes de lo que será su proyecto de Ley de Ingresos. Nada carroñero el menú —se queda pensando—, todavía no.
]]>
]]>
]]>
No era un hombre inocente, reconocía ser el autor de la masacre aquella noche del Domingo de ramos: —pero no ha sido por dinero ni fanatismo; no es la primera vez, como tampoco me interesa derrocar a nadie—. Por el motivo que fuera, Elio sería ejecutado de algún modo, apenas llegara a su patria. El gobierno estaba advertido del efecto que éste causaba frente a una cámara de televisión; que en palabras de Monseñor, debilitaba la resistencia carnal del rebaño con la destreza de un Maléfico.
No fue casual mi sensación de vértigo mientras duró la espera. Cuando llamaron a abordar a los pasajeros de la sala 15, quise irme en su vuelo; cambiar mi destino. Elio se levantó entre una ovación de mujeres y hombres, de civiles y guardias; que ya en el aire le habrán liberado. Desde su asiento en la fila 28, Elio se ocupó de cada pasajero con la prestitud de una sobrecargo experimentada. En la cabina de vuelo dijo algunas palabras que habrán quedado registradas segundos antes del desplome del avión, que al perderse del radar, todavía tintineaba en la agenda de algunos noticieros. Luego no se dijo nada, ni siquiera se calló.
]]>
No era un hombre inocente, reconocía ser el autor de la masacre aquella noche del Domingo de ramos: —pero no ha sido por dinero ni fanatismo; no es la primera vez, como tampoco me interesa derrocar a nadie—. Por el motivo que fuera, Elio sería ejecutado de algún modo, apenas llegara a su patria. El gobierno estaba advertido del efecto que éste causaba frente a una cámara de televisión; que en palabras de Monseñor, debilitaba la resistencia carnal del rebaño con la destreza de un Maléfico.
No fue casual mi sensación de vértigo mientras duró la espera. Cuando llamaron a abordar a los pasajeros de la sala 15, quise irme en su vuelo; cambiar mi destino. Elio se levantó entre una ovación de mujeres y hombres, de civiles y guardias; que ya en el aire le habrán liberado. Desde su asiento en la fila 28, Elio se ocupó de cada pasajero con la prestitud de una sobrecargo experimentada. En la cabina de vuelo dijo algunas palabras que habrán quedado registradas segundos antes del desplome del avión, que al perderse del radar, todavía tintineaba en la agenda de algunos noticieros. Luego no se dijo nada, ni siquiera se calló.
]]>El equipo de rescate no vino inmediatamente por la mañana. Pasaba el mediodía cuando la administración del hotel envió a un vigilante a inspeccionar. Éste halló al hombre ya sin vida, y con esa inquietante expresión semisonriente con que los ahogados reciben a quienes llegan tarde al auxilio.
Sin credenciales en su cartera, ni fotos, los investigadores observaron que el hombre no tenía señas particulares. No había manchas en el iris de sus ojos, tampoco huellas dactilares. —En su desesperación, ha de haber agotado hasta el último recuerdo—. Dicho esto, el comandante se hizo a un lado para dejar pasar a los forenses, sin quitarle la vista al cuerpo que aún flotaba, empequeñecido en la enormidad de la cama.
]]>El equipo de rescate no vino inmediatamente por la mañana. Pasaba el mediodía cuando la administración del hotel envió a un vigilante a inspeccionar. Éste halló al hombre ya sin vida, y con esa inquietante expresión semisonriente con que los ahogados reciben a quienes llegan tarde al auxilio.
Sin credenciales en su cartera, ni fotos, los investigadores observaron que el hombre no tenía señas particulares. No había manchas en el iris de sus ojos, tampoco huellas dactilares. —En su desesperación, ha de haber agotado hasta el último recuerdo—. Dicho esto, el comandante se hizo a un lado para dejar pasar a los forenses, sin quitarle la vista al cuerpo que aún flotaba, empequeñecido en la enormidad de la cama.
]]>