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Cuentos

  • En cámara lenta

    de Ramsés Figueroa

    Publicado en el Libro
    La Función de la Mariposa, ed. El trompo, 2004

     

    En cámara lenta se ve cómo jalas una palanca, que debe moverse al punto más vertical, antes que la goma de la máquina que troquela baje hasta los 14 grados; y entonces, una vez arriba, la palanca desciende lentamente y tus dedos nerviosos se mueven de un lado a otro del botón. A pesar de usarlo 730 veces al día, aún te pone de nervios hacerlo antes o después de tiempo. El sensor de radiaciones podría detectar el calor que se libera antes, o el exceso de frío que emerge después y podría recibir una señal errónea de temperatura. Entonces, la corriente pasaría en menor cantidad y los diodos, que son muy sofisticados pero sensibles, saltarían por el aire.

    Recuerdas que no has puesto la perilla en el punto 16, sino que sigue en el 23, como ayer que el proceso era inverso y potenciado en baja temperatura. Con tu pie izquierdo arrancas por el talón tu sandalia del derecho; rápidamente, aunque aún en cámara lenta, te sostienes sobre tu pierna izquierda. Bajas tu cuerpo completamente como una bailarina; y posicionas tu dedo gordo del pie desnudo sobre el botón. Mientras con tus dedos de la mano, buscas en el piso la perilla.

    Todo está oscuro y no puedes ver nada, trabajas al tacto. No es tan difícil. Cuando el sistema era neumático lo hacías con guantes y tu sensibilidad en las manos era nula. Aprendiste a hacerlo con el oído. Encuentras la perilla: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete lugares. Has sentido como la perilla gira siete lugares, ahora está en dieciséis. Escuchas la señal, la coraza de metal empieza a sonar, oprimes el botón con tu pie. Regresas cadenciosamente a tu posición original. Debes hacerlo con rapidez antes que debas oprimir el botón de nuevo, pero te mueves en cámara lenta. En caso de no alcanzar, lo harías con el pie de nuevo.

    Esta parte del proceso es agradable, te recuerda la danza, cómo te gustaba la danza antes de entrar a la estación submarina de fundición. Imaginas tu cuerpo moviéndose cadencioso en la oscuridad. En realidad es un trabajo cómodo; te deja tiempo para pensar, para sentir tu cuerpo moverse como una máquina, mientras tu mente viaja. El cosquilleo de tu falda que se sube al hacer la maniobra, te pone el cuero chinito; esa sensación es la mejor de todas.

    El supervisor que ha venido de la superficie, recuerdas, no se ha ido. Estará frente a ti; no lo sabes, el ruido de la maquinaria te impide escuchar. Aún reincorporándote no podrías saberlo, la oscuridad es total. La luz de los indicadores del panel de controles no podría regresarte una imagen del otro extremo, pero él si te vería, su equipo antioscuridad le permite verlo todo con acercamientos de 300 ó hasta 400X, con una nitidez tan real, como si fuera de día. Él habría dicho que querría supervisar tus procesos.

    Tu movimiento no termina, sigues con el tronco a 45 grados, en una horizontal total, tu pierna que vigila el botón está a la misma altura, justo para revelar toda tu intimidad. Él estará perdido viéndote, analizando tus musculos que se tensan para volverte a poner de pie; y ahora más tensos por el nerviosismo, por el pudor. No deberías sentirlo, se supone que eres profesional, un máquina que no te importa nada sino el fundido submarino. No podrías dejar de moverte sólo porque alguien que está ahí y es el jefe, te está mirando depravadamante.

    Este proceso de ponerte en posición de bailarina tú lo has inventado, lo cuestionaron tanto en su momento, que debiste ponerlo en práctica un mil veces. Entonces llevabas el pants institucional. A golpe de estar sola en el batiscafo optaste por entrar de falda y huaraches, No podías perder tu esencia, tu feminidad, aún en el fondo del oceano Ártico, aunque ahora te ha puesto en un aprieto. Te incorporas, suena la señal y oprimes el botón con la mano.

    Todo sigue en cámara lenta, es muy extraño. Enciendes la lámpara de emergencia; no hay nadie. El supervisor no está mirándote. Suspiras, apagas la luz, caminas tres pasos a tientas y decansas.

    No percibes si la cámara lenta sigue o si te ha entrado el sueño, ese sueño pesado que sentiste antes de depertar en la mañana. Empieza a vencerte, recuerdas la cara del jefe, un hombre apuesto enfundado en su traje de hombre rana, de buzo supervisor que salió de la nave para verificar las uniones de silicón. Recuerdas a tu madre, recuerdas a... Lo recuerdas, lo recuerdas diciendo que quería algo más, algo serio. El batiscafo – le advertiste orgullosa–, esa nave es mi vida; el fundido submarino, es parte de mí. Y ya no llamó de nuevo. Ahora recuerdas la perilla, no fueron siete golpes los que giró; sino seis, quedó en diecisiete. El gas de las válvulas de anticongelación ha entrado por las compuertas A y B. Te estás ahogando, por eso la cámara lenta, tu cerebro ya ha perdido la noción. Qué hacer, qué hacer... Piensa.

    No es posible, diste los siete golpe,; además la cámara lenta está desde el inicio. ¿Qué pasa entonces, por qué la cámara lenta? Si no es el gas... ¡Piensa, piensa!

    Recuerdas más imagenes, tu lápiz. Recuerdas tu mano que llevaba el lápiz a tu boca, tenías once años. Recuerdas al jefe, tomándote de la cintura. A ti te gusta, sí, pero no querías besarlo; es contra el manual. Forcejeraron, pero eso no aquí, fue en tu camarote. Lo golpeaste en la cara, él sencillamente te devolvió el cariño. Pero con esa mano pesada, con esa mano mitad de hierro, y con esa otra mitad amputada de un mal proceso en el batiscafo 19B23. Fue en el `84.

    La cámara lenta, tu cuerpo al revés, tu cabeza que voltea de nuevo al frente, el supervisor que sale de tu camarote, y después la sangre que tapa la visión. Su olor, a óxido, a desesperación. Tus movimientos en cámara lenta... y cada vez más lenta. Los recuerdos, el recuerdo de hoy, que bajabas a tu área de operación. La sensación de tu falda, la exitación repentina en tu cuerpo: son recuerdos.

    La cámara lenta, la luz. Nada

  • Los herederos del mundo entero

    de Ramsés figueroa

    Publicado en el Libro

    La Función de la Mariposa, ed. El trompo, 2004

     

     

    El primero de enero en reunión familiar, mi padre anunció que estaba cansado. Toda su vida había trabajado para sus padres, su mujer y sus hijos; estaba harto de no volver a casa temprano, de hacer viajes, perder el domingo en transacciones. Ya no quería sentirse ajeno, ignorante de cuanto pasaba en casa. Resolvió cerrar el año tomando sus ganancias: vender la fábrica y comprar una finca en la playa, la que era tan buena inversión. Conmovidos, abrazamos al padre: mi madre, mis hermanos y yo. Hubo lágrimas y mucha comprensión.

     

    No acudieron postores. Hacia marzo la fábrica seguía operando. Era absurdo cerrarla sin una oferta, perder la inversión y los años, el esfuerzo de toda una vida. Esperamos. Para junio las nuevas noticias borraron los planes de golpe. Papá tenía cáncer y menos de un año de vida. Al mes entendimos que menos, que menos de medio, que menos de medio partido al medio, aún menos. En treinta días, papá se fue.

     

    Llegó la señora, la otra, con sus dos abogados, y un acta notariada que decía que había adquirido la fábrica, sesenta y seis por ciento de acciones, ¿vendidas a cómo?

     

    — Hay cosas que se pagan con dolor y vergüenza, con hijos que dejan de ir a la escuela, porque son bastardos, porque su padre no los quiso ni ver. Sale caro –añadió –, ni una fábrica podría devolvértelo.

     

    Mamá no fue al entierro, no quería encontrarse con esa mujer, enseñorándose del muerto, del dolor que era nuestro, no de ella, de los hermanos. El suyo, quizá diferente, también era pesar.

     

    — Me duele el hombre que fue –se condolía mi madre –, destrozado en vida, que incluso ahora está donde no lo quieren. Quizá está donde debía estar, donde sintió que estuvo durante años. ¿Qué tiene de nuevo? ¿por qué me miran así, qué apenas lo han notado?

     

    Su padre vivía muerto, desde hace años. Hace tiempo me advirtió que nos iba a dejar. Él no me quería, ni yo a él.

     

    — ¿Por qué no te fuiste tú, mamá?

     

    — Lo habría hecho, pero él se iba a ir.

     

    — Pero no se fue.

     

    — Pero no se fue.

     

    En esa reunión no prevista, resolvimos que papá se quedó con nosotros porque no había razón para irse. Esta era su casa y la de mamá también. Entendimos que no se fue por que nos amaba y quería recuperarnos en la casa de la playa, la que adquiriríamos de todos modos, porque esa era su voluntad. Decidimos que para diciembre el resto de la fábrica estaría vendida, y nosotros muy lejos de aquí.

     

    Con la casa y los muebles, se quedarían los malos recuerdos. Sorprendidos de nuestra entereza, nos conmovimos, nos abrazamos y nos perdonamos.

     

    En octubre el balance reportó pérdidas, las decisiones de la nueva socia, nos habían llevado a la quiebra. Tomó sus cosas y se fue, no dijo adiós ni nada. Desmantelamos la fábrica y pusimos en venta las máquinas, los muebles, las cuentas por pagar y el terreno. Retiraron la oferta de la casa en la playa, aunque no era cierto, la seguían vendiendo. Todavía en noviembre la vi anunciada; sólo a nosotros no nos la venderían, a ningún hermano ni a mamá.

     

    — Mire, le voy a explicar. Han venido todos sus hermanos a comprarla, nos han ofrecido el total de la venta de lo que fuera la fábrica. Algunos ofrecen su parte, otros la de dos o de tres, cada uno me cuenta su historia: que Miguel los está robando, que José ya vendió una parte y no la reporta. No quiero saber de ustedes, ni yo, ni nadie.

     

    — Yo represento los intereses de todos, soy su abogado.

     

    — ¿Lo trae por escrito?

     

    — En reunión familiar se dijo así.

     

    — Igual que todos. En reunión familiar se dijo que Claudia, que Mariano y Miguel, ¿ahora que usted?

     

    A mediados de diciembre, a razón de uno o de dos, por día, avisaron que las fiestas las pasarían en otro lugar, fuera de aquí. Mamá no hizo cena, recibió las llamadas, agradeció las postales. No hubo abrazos, sólo distancia.

     

    A finales del año, la tensión ya era insostenible: los recuerdos, los rencores; los gastos. Ya nada podía venderse, se debía el anuncio, la inmobiliaria había dejado de llamar, sólo el fisco quería encontrarnos. Se propuso una tregua, una última reunión, lo agendamos para el primero de enero.

     

    Sentados en la mesa, reordenamos el programa, todo estaba mal planteado. Después de los saludos, sin abrir la puerta, entró papá. Con paso seguro se dirigió a su silla, la del mando, que ya estaba desocupada por terror a su fantasma. Sacó de su saco una pequeña libreta café. Sin anteojos ni tos, leyó en silencio un instante, la cerró y la puso en la mesa.

     

    — ¡Un año exacto! Hace un año hablamos de amor, valores, de estar con ustedes, conmigo, de dejar esta casa, esta vida. ¿Qué hicieron con eso? Ni se muevan, no levanten el dedito que no he terminado. Un año les pedí, ¡tan sólo un año! Pues bien, he vuelto.

     

    La fábrica está vendida. Yo lo tuve que hacer por ustedes, como siempre. Y no ha sido facil... meses negociando, de noche y de día: uno no descansa ni muerto. Entregué la fábrica, y la casa, y la de la playa también. No era nuestra, pero tuve que darla. Entregué a mamá, y a ti Claudia, y Mariano, y Miguel, y a todos.

     

    A ti no – me aclaró–. Tú levantas las minutas, eres el escribano, aún eres útil aquí. Se acabó la reunión señores. ¡A volar! Cada uno se establece en una nación, yo los iré buscando. Y no se peleen por favor, los demonios no son hermanos.

     

    Todos dejaron la casa volando, sin abrir ventanas ni puertas. Estupefacto, escribiendo la minuta, pormenorizándola, evitaba temblar o llorar. No pude mirar a papá, seguí escribiendo.

     

    — Qué ironía. El único hijo abogado, y no pude venderte. Perdí las Antillas por eso, no pude comprar Portugal. Hasta en eso hay moral. Resulta que no eres pecado mío.

     

    No me mires así, yo no lo sabía.

     

     

     

  • A la vuelta de la esquina

    de Ramsés Figueroa

    Publicado en el Libro

    La Función de la Mariposa, ed. El trompo, 2004

    Abro los ojos tras un efímero parpadeo y estoy sentado frente a un automóvil compacto. Instintivamente levanto la vista y encuentro la luz roja que justifica que tenga mi pie en el freno. ¿Mi pie, en el freno? ¡Yo venía caminando! Volteo a todos lados intentando orientarme, encontrar una referencia que me confirme que yo caminaba por Lorenzana hace un momento. Encuentro la calle que está justo frente a mis narices. Estoy sobre Lázaro Cárdenas, sentado en este automóvil, y no caminando hacia el sur, rumbo a la vidriería.

    Extiendo mis dedos que están aferrados al volante. Mis manos son blancas, infinitamente blancas y tengo las uñas largas, muy largas y limpias. Levanto frente a mí mi mano izquierda; es delgada, pequeña y blanca. Tiene un anillo de oro con una piedrita... es un diamante. No entiendo nada, miro los asientos de atrás por el retrovisor y ahora a mi lado derecho, estoy solo, no comprendo lo qué está pasando. Me siento aprisionado, muy cerca del volante. Verifico de nuevo el semáforo, mientras busco con mi mano izquierda la palanca del asiento, la luz sigue en rojo. Aquí está la palanca, la muevo y recorro el asiento. Regreso la mano al volante y descubro mis piernas desnudas, cubiertas por una falda corta. No tengo vello, son blancas también.

    Súbitamente se hiela mi cuerpo. Estoy asustado. Siento los ojos irritados. Me busco en el espejo y encuentro mi cuello blanco, largo y delgado. Una finísima cadena de oro brilla debajo de mi cabello lacio, largo y castaño; ¿largo y castaño? Ajusto el retrovisor, y hallo mis ojos llenos de maquillaje. ¡No son los míos!

    Escucho un claxon y saco el pie del freno, acelero. De reojo miro a mi izquierda, un hombre que me es familiar: ¡Soy yo! Voy caminando al trabajo sin darme cuenta de lo que está ocurriendo. Necesito seguirme, ver qué pasa. El tráfico me impide cambiar de carril. Pido el paso y el carro que viene a mi izquierda acelera sin reparar, me rebasa. Llego a la avenida y sin ver quién viene al lado, doy el volantazo. Viene una Van, se amarra y pita; tomo el carril. Mis talones empiezan a bailar sobre los pedales; estoy espantado. Ahora siento pequeños calambres que bajan por mis pantorrillas. En la esquina viro a la izquierda, en sentido contrario, no viene carro. Uno de Vialidad me indica que me detenga. Acelero. Las manos me sudan. ¡Chingado! ¡Eso nunca me pasa a mí! Nada de esto me tiene que estar pasando. De seguro es un sueño.

    Ya estoy en Lorenzana. Aminoro la velocidad y doy vuelta a la derecha. Pasa frente a mí un ruco de “tacuchito” que baja de su carro e intenta cruzar. No me detengo. Se echa para atrás y me grita.

    —    ¡Pinches viejas!

    —    ¡La tuya buey!

    Sigo buscando de un lado a otro mi cuerpo. ¿Quién diablos va en mí? Un teléfono suena y mi mano autómata lo toma del asiento del copiloto y luego baja el volúmen al estéreo. No había notado la música “fresona”. Miro rápido la pantalla del celular que dice: “Gordito”. Oprimo no sé qué tecla y sin escuchar el saludo, le digo que yo lo llamaré en seguida. Cuelgo.

    Este carrito automático no da para mucho. Reviso el tablero y apago el aire acondicionado, necesito velocidad. No se ve a nadie en la banqueta. No recuerdo por cuál acostumbro caminar, en realidad lo hago sin pensar. Cinco años de ir a la vidriera todas las mañanas, camino pensando en cualquier cosa. En la esquina me detengo, aquí siempre chocan. Yo he visto más de siete trancazos porque las viejas, siempre son viejas que no se fijan en la preferencia.

    Me detengo, no se ve carro y arranco de nuevo. ¡La tienda! Siempre llego a esa tienda a comprar cigarros. Bajo un poco la velocidad y me asomo al interior, a ver si ahí estoy. No, ya he de haber salido. Arranco. Siento un golpe en el carro, seco, violento. Me detengo, mis manos están empapadas y siento un sudor helado que me recorre la espalda. No sé qué hacer. Me asomo por el cristal sin bajarlo y ahí estoy. Tendido, como muerto.

    Salgo del carro y no alcanzo a equilibrarme entre el terror y los taconzotes que no domino. Me detengo en la puerta y siento un mareo terrible. Sale don Joaquín de la tienda. Me mira asombrado después de verme debajo del carro.

    —    Váyase señorita. Yo no he visto nada.

    Abro la puerta y subo de nuevo. La cierro, no puedo irme, no me puedo dejar ahí. La abro otra vez, salgo. Me agacho y tomo el cuerpo por la camisa, lo jalo hacia fuera del auto. Está pesadísimo, se me doblan las uñas, lo cojo de nuevo, atraviezan mi camisa roída. No puedo hacerlo, estoy temblando; me quito el cabello de la cara que se pega por el sudor.

    —    ¡No puedo!

    Don Joaquín se acerca y lo jala, me saca de ahí. Me abre la puerta del coche y tocando mi hombro me ordena que me vaya, que me voy a meter en problemas, y por un cuate así no vale la pena. Volteo a ver al infeliz a los ojos. ¿Y mi esposa, y mis hijos? ¿Qué nada vale la pena? Me le echo encima al viejo, al pendejo convenenciero a quien ya no le importan los Delicados y la Pepsi de todos los días. Se asusta, no entiende mi histeria. Ya nadie sabemos lo que está sucediendo.

    El de tránsito llega corriendo. Nos separa. El teléfono suena de nuevo.

    —    Señorita le hablan.

    Lo tomo, de nuevo es Gabriel. ¿Quién es Gabriel? Contesto y mi llanto se hace más fuerte. Pregunta qué pasa. Me miro tirado con los ojos abiertos, muertos. En ellos encuentro una imagen, de mi camisa tendida en el burro de planchar, en la sala. Los niños corriendo porque se ha hecho tarde para ir a la escuela. Mi vieja, malhumorada pero buena, siempre buena. Gabriel, la cena de la noche, mis papás, la escuela, el examen de las diez, los preparativos de la boda.

    —    ¡Gordito, atropellé a un señor! ¡Ayúdame por favor que ya se murió! Sí, sí, el agente lo acaba de revisar. Sí Gabriel, el coche está bien; pero no sé donde están los papeles del seguro. ¿Vienes? Chao.

  • La función de la mariposa

    de Ramsés Figueroa

    Publicado en el Libro

    La Función de la Mariposa, ed. El trompo, 2004

    Seleccionada por Adonay Guerrero para cortometraje

    (actualmente en preproducción)

     

    La quietud engaña, esconde,
    a veces guarda las cosas que valen;
    las que aguardan,
    las que llegan justo en el momento:
    y entonces, levantas el vuelo.
    —Saargó—

    Saliste al escenario envuelta en una tela suave y verde, cubierta hasta el cuello. Bailaste girando, la cabeza primero, el cuello, el tronco, la cintura, hasta quedar de frente al público. Paseaste tu vista sin mirar a nadie, urgando el infinito, y cantaste:

    – Hay un viento suave, murmullo de insectos y de aves, silencio de fieras y de humanos. ¡Aquí sólo llega la gente en sueños... no toda y no siempre!


    Ahora giras de nuevo, dibujando espirales. La representación se desarrolla con el capullo a punto de abrirse, no antes, habrá que imaginar esa parte. No siempre se da uno tiempo a espectarlo todo, ni a narrarlo. El segundo acto omite al primero; sintetiza, no desdeña.

    – El jardín vaticina el cambio. Por eso no llueve y la tierra no tiembla. El temor lo llevo en mí, por dentro. La quietud engaña, esconde. En mi capullo aguardo y tiemblo; en el momento previo, me contradigo: de preferir, ¡quiero quedarme así! ¡Soñando, pendiendo!

    Entre el follaje propuesto, enredas la tela que habrá de develarte, sin dejar de dar vueltas. Acaso tu rostro parece moverse más lento, dibujando el miedo, dolor, lo que puede sentirse al vivirlo; y expresa tu cuerpo que marea e inquieta. Tu voz, solamente matiza, es música, vocal y dramática; es más murmullo de insectos y de aves. No narra el cambio, no aclara si duele; si realmente duele.

    Disminuyes la velocidad y desciendes al piso, en cuclillas, de frente y desnuda. La tela en el aire cayendo, la excitación de todos, sufriendo y gozando; temiendo, dejándonos llevar. Nuestras voces internas emergen, se elevan, húmedas, gaseosas. Se reconocen y se juntan, se desconocen y chocan. Miedo, adrenalina, incertidumbre, sentimientos profundos con asimétricas densidades, diferentes temperaturas, en el aire se topan, como nubes rivales. Se miden, traspolan, agreden, se tiran golpes al centro, por fuera. El cielo del teatro truena, el agua cae, ahora es tormenta.

    Lentamente, te incorporas, con la catársis que aún te escurrre en el rostro de mariposa, en tu actuación que nos ha dejado agotados. Sin lugar para nada más, se cierra el telón, que te cae como una loza, de alivio, de vacío. ¿Te ha faltado entrega, valor?

    La audiencia aplaudimos, de pie. Nos apresuramos a buscar la salida, sin abrigo, sin paraguas, sin esas cosas que anteceden y que sólo podrían explicarse en el acto previo al primero. Ya en la calle, abrimos las alas y salimos al mundo.

  • Los reyes de la primavera

    de Ramsés Figueroa

    La curiosa redondez de Canica, a sus cinco años, seducía a las maestras del colegio, a las mamás, y al fotógrafo contratado para llevar el anuario. Todos querían abrazarlo, y él, prodigaba abrazos y besos con naturalidad porque era muy carismático. Quizá por su aspecto, era muy inocente. Su baja estatura y los plieguecitos de gordura en las piernas imponían tratarlo como a un bebé, y dieron para proponerlo y votarlo unánimemente como chambelán de la Reina de la Primavera. Miguel Beltrán, que era otro niño del salón, resolvió aprovechar la ceremonia para bautizarlo, y ahora llamarlo “Tohuí”, como el panda que acababa de nacer en el zoológico de la Ciudad de México. Él era un año mayor, hijo único y mucho más despierto que todos nosotros, y habría aceptado con gusto ser chambelán. Tenía rayado el cuaderno de cuadrícula con dibujos de la futura reina, y a pesar de creer tener derecho al encargo, no llegó a postularse; y nadie sugirió su nombre.

    A mí me pareció que “canica” era mejor apodo, por lo menos me resultaba cómico. Así le decían al peón de albañil que trabajaba de planta en mi casa, un hombre gordo y borracho que servía de ejemplo para ponernos a estudiar, y que mi mamá empleaba a menudo para hacer comparaciones cuando papá llegaba al día siguiente, sólo puntual para llevarnos al colegio; y que siempre daba origen a horribles pleitos de gritos y acusaciones. Miguel, Hugo y los otros estuvieron de acuerdo con mi propuesta; y en general con la idea de la ceremonia bautizmal dentro de la celebración de la primavera.

    Todo esto influyó en la coronación de la Reina. Un día antes, Miguel le dio una canica roja a Canica para que la llevara en la panza, clavada en el ombligo, porque así —le dijo— la llevan los príncipes, los que acompañan a las reinas en los festejos; y la muestran a la gente durante el paseillo.

    Ya en el evento, Canica temblaba de nervios antes de subir a la tarima. La maestra Jubi no les previno que el colegio estaría atestado de gente, y que tendría que llevar de la mano a la Reina. Yo estaba cerca de ahí, porque a mí me tocó recordarle el asunto de la canica en la panza. Mientras Miguel y los demás esperarían entre el público para culminar la broma con una explosión de carcajadas por la canica que Canica llevaba clavada.

    Empezando la marcha de Aída, la futura reina soltó a Canica, y engreidamente, se opuso al rito de soportar la mano sudada de su chambelán durante toda la tarde. Entre las explicaciones de las maestras, los regaños de la mamá de la niña, y en general por la obstinación de todos, la entrada triunfal llegó sola a su clímax y hubo necesidad de reembobinar la cinta para ponerla de nuevo. Mientras, en voz baja, Canica me confesó que no sabía si podría llevar la canica en la panza: debía caminar derecho, pero siguiendo la línea de tiza marcada; hacerlo despacio, sin dejar que la reina se adelantara; llevarla de la mano, a pesar de lo que ahora ocurría; y tenía, además, que hacer todo sumiendo la panza. ¡A Canica le costaba trabajo llevar su gordura! No me atreví a cumplir mi misión; y él, al parecer llevaría la canica paseándola entre sus dedos.

    Miguel ideó un plan alterno por si el primero no daba resultado, pero más que broma era un atentado de francotiro. Todos llevábamos dos canicas que servirían de proyectiles. Hugo y yo, desde el principio, coincidimos que eso ya era demasiado, pero no nos poníamos de acuerdo en quién debía de decírselo a Miguel; aunque más bien, Hugo desde el principio dijo que él no lo haría: —Yo no le voy a decir que no. Acuérdate de la golpiza que te puso el año pasado—. No había sido propiamente una golpiza y tampoco era para tanto; pero sí me acordaba, y me revolvía el estómago saber que los demás lo tenían presente también. Después de no llegar a nada con Hugo, fui a tomar impresiones con cada uno de los implicados. Todos estaban ya en sus puestos, nerviosos, golpeteando las canicas en sus bolsillos del pantalón; y salían con la misma historia: ninguno quería llevar a cabo el plan, pero no se atrevían a enfrentar a Miguel. Confiaban que José Manuel, futuro canica, exhibiría la canica, y con ello sólo habría que echarse a reír.

    Cuando volví a mi puesto, junto a la casi reina y su chambelán, Miguel me estaba esperando. Ya sabía de mi intención de sabotear su plan, y me acusó de traidor. Me amenazó con otra paliza si no hacía que Canica mostrara la canica en el ombligo. Para entonces, la niña había negociado algo con su mamá para llevar de la mano a su acompañante, y la marcha de Aída empezó a tocar de nuevo. La gente aplaudía y vitoreaba con más euforia que la primera vez. Apenas escuché al chambelán que me llamaba con grititos más bien susurrados. Había perdido la canica que Miguel le dio, se trajo una de su casa pero era transparente y no se vería. Saqué las que traía yo, una roja y una verde. Le di la primera sin decirle nada. Había decidido desertar del bautizo, pero lo mejor para todos sería que la exhibiera. José Manuel estaba muy nervioso, pálido. La niña le recriminaba su mano sudada, aunque él la secara contra su esmoquin cada minuto.

    La maestra Jubi palmeando sus compases de a cuatro, ordenó el inicio del paseillo, y la próxima reina y su chamblelán, canica en mano, dieron inicio a la celebración. Desde abajo de la tarima, la maestra siguió coordinando el desfile con sus palmas, mientras se abría paso entre la gente. Una mamá subió el escalón de la tarima donde yo estaba, y enseguida se subió una muchacha y luego otra mamá hasta que ya no cupimos, y terminaron bajándome; no tenía visibilidad. Busqué entre la gente a Miguel, pero era imposible distinguirlo, busqué a Hugo y a los demás. Intenté abrirme paso entre la gente fingiendo autoridad como hacían las maestras, pero no lo logré. De súbito, escuché un grito estrepitoso y en coro: un “Ahhhh” masivo, como un gol fallado en el futbol. Algo había sucedido, pero no alcanzaba a ver nada. Ahora sí me colé entre la gente a empujones, aventaba las nalgas que se me embarraban en la cara y esquivé caderazos, pero sólo alcancé a ver la canica roja rodando por la tarima. No hubo las risas acordadas, ni el coro “canica, canica”.

    La directora me tomó con rabia por el brazo, y me exigió que sacara lo que trajera en los bolsillos. Sólo me quedaba la canica verde. La saqué y me la arrebató. Me arrastró entre la gente hasta la dirección y ahí me enteré que Miguel nos había acusado a Hugo y a mí. Quitaron la marcha para vocear a algún papá que fuera médico, había que revisar al chambelán que parecía haberse desmayado del canicazo. Al entrar, vi a Canica tendido en un sillón de la dirección y una turba de maestras incrédulas, furiosas, y con intenciones serias de querer cobrarse la afrenta en mi persona. Cuando llegó el médico nos sacaron a todos de allí, y en la sala contigua, sentado, como un prisionero, empecé a llorar.

    Una maestra que yo no conocía, se acercó. No estaba enojada, o no como las demás que desfilaban saliendo y entrando de la sala contigua, llevando al extremo su coraje y sus nervios. —Están exagerando—, pensaba yo; —y más van a exagerar cuando sepan que me han inculpado injustamente—. Quizá por eso me puse a llorar, no por el miedo. No sé si lo pensé así, pero estaba en posición de recrudecer la escena; sencillamente, de exagerar. Y lloré lo más fuerte que pude para sacar a la maestra de su tranquilidad; para desfilar, igual que ellas, como el doctor, que había emergido triunfal entre la multitud; o la mamá de la reina, que como un infante más, lloraba sin consuelo en la sala: su coronación parecía tambalearse. Canica, saliendo de su inconsciencia, dominaba sin lugar a dudas el protagonismo.

    La maestra Jubi, quien hizo la detención de Hugo, al desfilar en la sala mostró las dos canicas que éste traía en su bolsillo. Le preguntó, enfrente de todos, lo que ya había escuchado: —¿cuántas canicas debía traer cada uno?—.

    —Dos—.

    —¿Y por qué tenían que aventárselas a José Manuel?

    Mis papás habían entrado a la sala, como queriendo hacerse invisibles. Escucharon el interrogatorio, y Hugo explicó el asunto del bautizo, el apodo, que la idea había sido de Miguel y no mía, pero que a mí se me había ocurrido ponerle “Canica”, porque así le decía mi papá al albañil de la casa. Me vino la imagen de mi padre llamando al canica original desde el comedor, las instrucciones, el "sí, señor". Luego a mi madre exigiendo en voz baja que no lo llamara así, que no fuera tan desgraciado. Y así me sentí yo: desgraciado, culpable. Se apoderó mí una confusión que me hizo llorar de adeveras. Bajé la vista para no toparme con la mirada de mi mamá.

    Otra maestra llegó con un puño de proyectiles que halló en el bote de la basura: había más implicados. Nos hicieron acusarlos a todos, y poco a poco los fueron trayendo a rastras, llorando y acusando a Miguel.

    Las pesquisas, no obstante, pasaron a segundo término, como también sucedió con el doctor y su anuncio de que no hubo atentado, que Canica se había desmayado porque le bajó la presión, quizá los nervios o el pantalón tan inhumanamente ajustado.

    Mis papás se llevaron la nota ese año, muy por encima de la Fiesta de la primavera, que se reanudó la semana siguiente sin emociones ni incidentes. Yo no asistí porque terminaron sacándome del colegio, no expulsado como Miguel. Durante mi llanto legítimo, mis padres salieron de la sala contigua. Otra vez no vi nada, pero afuera de la sala mi papá se lio a puñetazos con otro señor. Otro ansioso por figurar en el desfile; se le puso de frente y le dijo que era su culpa, de él y de mi madre. Para el señor, que además de papá de una de las princesas era vecino nuestro —vivían en la cuadra—, yo era inocente; una víctima incluso. Según él, en la colonia todos estaban al tanto de las borracheras de mi papá, de sus ausencias; y decían saber también de las medidas de despecho que habría tomado mi mamá. Especulaban que yo era hijo del albañil, de Canica; y que eso habría impulsado a cualquiera a actuar con rencor contra la sociedad. Creo que ahí empezaron los golpes.

     

    La casa quedó inconclusa, mis papás se separaron y nos fuimos a vivir con mi abuela. Cuando volví a ver a Canica en la calle, diez años después, no se acordaba de mí; no me reconoció. Él estaba igualito, tan gracioso y carismático; yo no, ¡había engordado tanto!