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La amarilla flor de humo

de Ramsés Figueroa

De la serie Te llamas Clara

 

Vuelves a la mesa de mi estudio, triste, esperando a que pregunte qué te ha pasado. Te sientas, recargada en mi taza, te acomodas, recoges tus piernas, extiendes tu falda; y te pregunto.

 

— ¡La flor se deshizo sola! No quiso alegrarse. Nada más se desenredó, dejó de ser flor, y se fue.

 

Hoy aprendiste a jugar con columnitas de humo de cigarro. Las observabas durante un rato, creciendo, cortándose; escogiste una. Con mucho cuidado tus dedos saltaron sobre ella, la abordaron y se deslizaron bailando resbalados humo abajo. Una vez ahí en donde nacía el humo, y procurando no quemarte, la apretaste con la fuerza de tu puño y la arrancaste del cigarro, que dolido se enrojecía por el jalón.

 

— ¿Por qué escribes que le duele al cigarro, si de todos modos suelta el humo?- Dijiste.

— Porque enrojece cuando lo haces. Si lo dejas que él solo se deshaga del humo, eso no sucede.

 

No dijiste más, como si no hubieras preguntado, y yo no hubiera dicho nada. Empezaste a trenzar las columnitas de humo mientras cantabas y balanceabas tus piernas que colgaban de la mesa.

 

Seguí escribiendo, acerca de tus dedos, tus manos y sus tendones y músculos, que jalan y aflojan; que hacen fuerza, que sueltan, que hacen pensar que tu manos son más reales que las mías que nunca observo por estar atendiendo a la pantalla de mi ordenador. Te describí dando forma a la trencita de columnas de humo. Poco después tuviste que acudir a colectar más, habías formado una flor y supuse que haría falta el tallo, y la espina. Sin voltear a verme, reprochaste:

 

— Mis flores nunca tienen espinas, no peligran. Además no son flores comúnes.

— ¿Por qué estás leyendo lo que escribo?

— No estoy leyendo, sólo te escucho pensar. Pero podría hacerlo, ¿por qué no? Tu no has pedido permiso de verme trabajar.

 

Me miraste, frunciendo el ceño volviste a tu lugar, te sentaste sin quitarme la vista de encima, y empezaste a trenzar y trenzar. Tomaste la flor y la uniste al tallo. Volteaste a verme y en seguida regresé a mi pantalla, como ignorándote, como si no pasara las tardes enteras siguendo cada uno de tus pasos. Segura de tener mi atención, la levantaste y la hiciste girar con tu aliento. Una hermosa y sensible flor de seis pétalos, que giraba por tu sola respiración.

 

Saliste al patio, que en realidad es la azotea del edificio, porque querías mostrársela al sol, pedirle un color más vivo; pero la flor, ofendida en su vanidad, se desató y se fue, sin decirte nada.

 

— Quizá le molestó que no le hubiera puesto espinas.

— No creo, ella habría sido feliz de ser especial.

— Entonces... ¿qué fue?

— Yo creo que estaba contenta siendo flor, pero cambiarle el color ya era demasiado.

— Pero sería más bonita.

— Ya no sería ella.

 

Sin decidirte a darme la razón, me miras, parpadeas y ves mi pantalla; me miras de nuevo. Te acercas y encuentras escrita la historia completa. La lees. Terminas y la lees de nuevo.

 

— ¿Podrías escibir que la flor era amarilla?

— ¿Lo pongo en el título?

— Sí, ahí se verá importante.

 

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