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Algoasil

Panteodomiro el alguacil, lejos de probar sus acusaciones, dejó a todos sumidos en una reflexión interior que hizo enfurecer a los asesores más cercanos al ministro; quien en secreto, le prodigaba simpatía. Y cómo no, si era la primera creación de su mente —que parecía abandonar la convalecencia—.

Emocional

No era por miopía que Onofre le diera paja a la excavadora, aseara el establo y entrara al pueblo montándola; se había vuelto emocional.

El crontab

Un crontab, programado para las 11:27, ejecutaba el script cada día: ese que le hacía preguntarse si habría vida inteligente en algún lugar.

De la ficción a la sala

Cerraba las frases con pesados símbolos de puntuación que le hacían por encargo, para evitar el flujo de espectros, de la ficción a la sala.

¡Tan atento!

Bajo la nube de códigos rotos, javascripts mutilados y huevecillos de algoritmo, no había robots; sólo el mail del hacker, ¡tan atento!

Huellas en el piso

de Ramsés Figueroa

De la serie 1975

A veces me desatan las agujetas y los oigo reír desde adentro del módem. Paso el antivirus y ya no están; sólo la IP y huellas en el piso.

Scratch my back

Scratch my back

Dejé de ser fan de algo o alguien cuando se me hizo natural serlo de RadioHead. Era la única opción cuando David Bowie se hizo enfadoso, Peter Gabriel repetido; y Tom Tykwer, maravilloso a secas. Este disquito de Gabriel: Scratch my Back suena bien, buenos covers. Ya veremos: I´ll scratch yours, ese, deveras promete.

Postal de tricicleta en movimiento y personajes

Las ollas en la tricicleta rebotaban golpeándose unas con otras, en un ruidajal que sacaba a los curiosos de sus casas. Albanito y Cosme parecían dos niños en el colofón de la semana de pascua. Esa imagen habría sido perfecta para referirme a ese tiempo: superado el abandono de Albanito, después del regreso de su padre, solo y sin una respuesta; y antes de que vinieran a aprehenderlo.

 

Pero el mandamiento era "en sorpresa", y los oficiales del escuadrón K llegaron de repente, invadiendo mi postal, y masacrando la buena memoria de quien había salido a asomarse para ver a padre e hijo, por fin tan contentos, rodando río abajo a gran velocidad.

 

Varlos, el carabinero mejor apunterado, habría colocado su fusil rápidamente sobre la capota del carro y acertado en la nuca del indiciado, pero el comandante vacilaba en dar la orden, porque la sorpresa no aparejaba el fuego a discreción; o no al menos sobre Cosme, su viejo amigo.

 

El golpe de aire que levantó la tricicleta por la sombrilla en medio del asombro general, no quedó asentado en el parte, ni las risas de Albanito, ni los adioses de todos que prometíamos recibirles. Solamente la refusilata de los tiros al piso, simuladores, inofensivos y ruidosos, exageradamente narrados en la averiguación, que archivada para siempre en términos del 100 y del 102 del Código de Procedimientos Penales, encontré muchos años después; cuando pude entender, y finalmente olvidar.

Prójimo Dios

El perro que saqueaba en la basura
no era de nadie, en realidad.
Habría sido suyo, de tener algo.
Resuelto… podría poseerlo con media mirada,
como hizo para echarse el mundo en un bolsillo,
aquella vez que lo quiso tanto.

Nocturnidad

Sus ojuelos de maíz brillaban, nerviosos, en la oscuridad de la caja del cereal.

Trascendió

Anoche, en una colonia del oriente, apuñalaron a un pandillero adolescente por la espalda. Lo escuché de boca de su hermano mayor que hablaba por teléfono, como dirigiéndose al pasaje del camión.

Entre las seis o siete llamadas que hizo, logró trazar un trailer de lo que será su venganza; quizá para el lunes o martes. Ya veremos, —dijo—. O no lo diría él así, pero ya sería lo de menos.

Cada otoño

A la memoria de un Marlboro light en mi boca.

Cada otoño
necesito fumigarme.
Esparcir humo a bocanadas
y aniquilar este hormiguero
que no deja de colectar hojas secas;
y revolver recuerdos.

Un comercial hecho por Pixar

En ese aliento

A DG.

El otoño llega trepado en un vientecito ramplón,
muy traicionero, que lejos de soplar, succiona.
El jueves, mientras me ponía mi suéter,
ya estaba el Negro revolviendo la hojarasca;
algo valioso e inédito habría de ir en ese aliento,
que con sólo venir, ya estaba quitándonos algo.

Fiambre

fiambre El desasosiego del gordo Carstens, es, de veras famélico. Se le engusanaron —de políticos y sindicalistas— la despensa y el refri estatales, que tenía llenitos de comida. ¡Vaya ansiedad! ¡Qué asco! Ni modo de ponerse a limpiar el cochinero a la mitad de la noche, con riesgo a que se entere el patrón.

 

Es una escena para revolverle el estómago a cualquiera, para quitarle a uno el hambre más patológica; pero aún así, las tripas del gordo chillan cuando se asoma a la fiambrera del padrón de contribuyentes, que ya no tiene ni moronas. Y en esa desesperación, le sobreviene su inventiva de líder emergente en un delicioso “Eureka”. Ha imaginado los más inusuales platillos fiscales: virtuales, de telefonía celular; apetitosos conceptos que van quedando redactados en una servilleta, y aderezan la lista de ingredientes de lo que será su proyecto de Ley de Ingresos. Nada carroñero el menú —se queda pensando—, todavía no.

 

El hombre de poca fe

El hombre de poca fe guardaba en la bolsa interior del saco un revólver pequeño; que de seguro le habría fallado también, de haberle servido tan mal plan.

 

 

Sensación de vértigo cayendo en tierra firme

Elio llamó la atención de quienes estuvimos en las puertas 14 y 15 el día que lo expulsaron del país. Esposado y con su escolta de cuatro agentes vestidos de traje gris, parecía una celebridad sacada de un bar de Londres. Apenas llegó y ya había disipado el ambiente de molestia por tan prolongado retraso. En cambio, en una secuencia sutil, la gente se fue apretujando en torno al pequeño y pedestre convoy como una flor nocturna que se cierra coreográficamente.

 

No era un hombre inocente, reconocía ser el autor de la masacre aquella noche del Domingo de ramos: —pero no ha sido por dinero ni fanatismo; no es la primera vez, como tampoco me interesa derrocar a nadie—. Por el motivo que fuera, Elio sería ejecutado de algún modo, apenas llegara a su patria. El gobierno estaba advertido del efecto que éste causaba frente a una cámara de televisión; que en palabras de Monseñor, debilitaba la resistencia carnal del rebaño con la destreza de un Maléfico.

 

No fue casual mi sensación de vértigo mientras duró la espera. Cuando llamaron a abordar a los pasajeros de la sala 15, quise irme en su vuelo; cambiar mi destino. Elio se levantó entre una ovación de mujeres y hombres, de civiles y guardias; que ya en el aire le habrán liberado. Desde su asiento en la fila 28, Elio se ocupó de cada pasajero con la prestitud de una sobrecargo experimentada. En la cabina de vuelo dijo algunas palabras que habrán quedado registradas segundos antes del desplome del avión, que al perderse del radar, todavía tintineaba en la agenda de algunos noticieros. Luego no se dijo nada, ni siquiera se calló.

Inmersión

La luna acusaba que no era siquiera la media noche; y él, fatigado, seguía braceando para alcanzar la orilla. En semejante soledad no había modo de pedir ayuda. La única posibilidad era mantenerse a flote hasta la luz del día siguiente, aguantar el frío, y pensar en algo para no quedarse dormido.

El equipo de rescate no vino inmediatamente por la mañana. Pasaba el mediodía cuando la administración del hotel envió a un vigilante a inspeccionar. Éste halló al hombre ya sin vida, y con esa inquietante expresión semisonriente con que los ahogados reciben a quienes llegan tarde al auxilio.

Sin credenciales en su cartera, ni fotos, los investigadores observaron que el hombre no tenía señas particulares. No había manchas en el iris de sus ojos, tampoco huellas dactilares. —En su desesperación, ha de haber agotado hasta el último recuerdo—. Dicho esto, el comandante se hizo a un lado para dejar pasar a los forenses, sin quitarle la vista al cuerpo que aún flotaba, empequeñecido en la enormidad de la cama.

El beso de Judas

de Ramsés Figueroa

En el correo de Dante, advertí la urgencia de llevar inmediatamente la factura a rectoría. Él y Raúl tendrían una reunión con Tonatiuh, y si se la entregaban directamente, me la pagarían más rápido. Tomé la factura sin darle tiempo a despertarse ni ponerse zapatos y salí corriendo. Ya en el coche, asustada, me pedía que no la fuera a entregar, que los libros contables son enormes, viejos y cuadrados; que es difícil amistar con ellos. Se le quebraba la voz al intentar convencerme que las secretarias pueden destruirla a una con una soltura... —como si fueran sólo papeles para rayar monitos cuando se habla por teléfono—.

No podía confesarle que la idea era precisamente la de entregarla. Sin beso en la mejilla, sin la hipocresía de Judas, empecé a sentirme traidor. Al final, recibiría más de treinta monedas por ella. La puse boca abajo en el asiento —porque te puedes marear—, le dije, mientras subía el volumen del estéreo para tapar el ruido del motor sobreacelerado; para evitar que fuera a percibir mi prisa al manejar, o a escucharme pensando: no voy a llegar, ya son casi las doce, y no la van a aceptar.

— ¿Te gusta Miguel Bosé?

— Sí. —Respondió, dando saltos para darse la vuelta, aprovechando el aire para hacerse girar, y evitar que yo pudiera notarlo—.

Al entregarla, porque llegué a tiempo, le pedí a la señorita que fuera amable con ella, que ahora me veía, parpadeando sus ojitos de consecutivo fiscal. No llores, le pedí sin decirlo, las cosas son así. Necesito pagar cuentas y comprar comida y gasolina. No puedo dejar de entregarte.

— No puedo dejar yo tampoco, dejar de empezar a llorar, dejar de creer, de ser documento fiscal solamente; empezar a no ser yo, empezar a no extrañarte, aunque me entregues. Porque el que ama siempre entrega. No así, pero lo hace. Ya no sé lo que estoy diciendo...

 

Me quitó su mirada de encima, y siguió:

 

— Fecha, 5 de octubre de 2005, Cliente, Universidad de Guadalajara, Concepto, diseño, diagramación y cuidado de edición...

Así la dejé, actuando su ser factura, recitando los lunares que llevaba en la piel. Bajé las escaleras con Dante y con Raúl; y aún sentí su mirada sobre mis hombros. Me volví hacia arriba, a buscarle los ojos:

— Importe con letra...

Y empezó a gritar la cantidad, con una voz de dolor que me hizo apurar el paso, para no verla caer en el folder manila; para salir a la calle, tomar el coche, y empezar a esperar mi cheque.

¡¡¡Qué bien quedaste, Emilio!!!

EmilioDe entre todas las estupideces que tienen nuestras instituciones, siempre ha brillado la falta de normatividad respecto al: “…y si no lo hiciere así, que la Nación se lo demande.” ¿Y cómo se lo demanda la Nación? ¿Quién es esa nación? ¿Por qué no existe una ley reglamentaria de ese adagio tan hueco? ¿Cómo le decimos a Emilio que se vaya a donde nos mandó hace como un año?
El embustero dijo durante más de una semana que no había influenza en Jalisco; el virus ya estaba en Nueva Zelanda, pero aquí ni un caso (ja). Claro que Jalisco, mientras, mandando un correo ridículo sobre un “compló mundial” organizado por Felipe Calderón.
Se le cayó el teatrito a Emilio. Nomás falta que acaben de salir los muertos que sigue escondiendo. Pero la pregunta, como el virus, sigue en el aire: ¿Cómo le hacemos para que la Nación le demande que ya se vaya?

Tapatío, muy tapatío

Ramsés Figueroa

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