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1975
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El crontab
Un crontab, programado para las 11:27, ejecutaba el script cada día: ese que le hacía preguntarse si habría vida inteligente en algún lugar.
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¡Tan atento!
Bajo la nube de códigos rotos, javascripts mutilados y huevecillos de algoritmo, no había robots; sólo el mail del hacker, ¡tan atento!
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Huellas en el piso
de Ramsés Figueroa
De la serie 1975
A veces me desatan las agujetas y los oigo reír desde adentro del módem. Paso el antivirus y ya no están; sólo la IP y huellas en el piso.
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Estado de tristeza
de Ramsés Figueroa
De la serie 1975
No era un incidente aislado. La opinión pública de la escuela solía ser feroz con XR-2001, probablemente más que con las demás minorías. Él no era vengativo, no entonces; al menos nunca lo externó. Los de cuarto lo tenían rodeado, y lo retaban a que los desintegrara con su rayo letal o los mandara derechito a otra época.
La maestra Jubi llegó a rescatarlo. Lo apretó contra su panza hinchada y enorme, y así se lo llevó al otro patio, forcejeando porque XR-2001 quería soltarse. ¡No seas tonto! —le dijo— Y siguió acariciándole la cabeza, y diciendo que ser diferente le traería muchas ventajas a la larga.
Cuando la maestra volvió del hospital tras perder al bebé, XR-2001 se quedó en la entrada del salón por la misma razón de siempre: —en un estado de tristeza como este, podría estar emitiendo alguna radioactividad—.
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El oso de felpa
de Ramsés Figueroa
de la serie 1975
Válter pagó los boletos con un billete grande para tener cambio. El problema del viaje, al inicio, no era el dinero sino la minoría de edad de ambos. En California eso sería irrelevante; pero entre tanto, habría que ser cuidadosos. Se sentaron en los lugares de enmedio, paralelos, quietos; en absoluto silencio. La emoción de Magda la hacía repasar el itinerario, las razones, El Reporte del Dr. Edward Condon recién publicado por el New York Times; la petición de mesura —súplica— de su mamá, de no tirar su vida a la basura persiguiendo ovnis.
Allá estaba su madre, pequeñita, reducida a través de la ventanilla. Se hicieron señas de adiós y Magda hundió su cabeza en el asiento; en sí misma. Quién sabe qué estaría pensando Válter que se frotaba las manos para secarse el sudor. De seguro veía en cada segundo una ocasión perdida para bajarse del plan; pero era más su lealtad que su miedo.
Cuando finalmente partieron, Magda se acercó a Válter y lo abrazó como a un oso de felpa. No quiso ni fue erótico ese primer contacto; aunque para ella, a partir de ese momento el viaje tomó un sentido nuevo que la búsqueda inicial. Era evidente que la motivación de Válter fuera el enamoramiento por ella; lo nuevo, era descubrirse atraída también. A eso le dio vueltas y vueltas las primeras horas del viaje. Estaba tan cerca de Válter, y se sentía como apenas entrando en el mundo.
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En el parque
de Ramsés Figueroa
De la serie 1975
El vendedor de comida del parque recogió el frisbee y lo sostuvo en su mano hasta que XR-2001 llegó a recogerlo. Un cliente anciano muy bien vestido lo miró extrañado cuando lo llamó “chico”. Había que estar ahí para verlo cada día, jugando con el disco volador o la pelota, lanzando globos o burbujas de jabón.
— Cómo no lo voy ver si mi oficina está en aquella ventana de ese edificio. Lo deseable sería que se comportaran como adultos. De idiotas ya estamos llenos.
Por la noche, el anciano se topó de frente con XR-2001, quien parecía haberlo estado esperando afuera del edificio. Lo llamó por su nombre completo. Enseguida, dando pasitos hacia atrás con mucha agilidad, recitó su número del seguro social, su domicilio particular, los nombres de los bancos donde tenía sus inversiones, los números de cuenta y los montos. El anciano alarmado quiso echársele encima pero ya estaba fuera de su alcance; la jovialidad de XR-2001 era indudable.
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Un mensaje de cumpleaños desde el espacio
de Ramsés Figueroa
De la serie 1975
La mamá de Magda entró al “taller de pruebas” con un Gerber de mango y algunas preguntas: ¿Habrá más gente sintonizando al Sputnik? —Claro, los propios rusos, los americanos; concretamente Roy Welch—.
—No, no ellos; fuera de aquí.
—¿Marcianos? Bueno, pues ellos no son gente.
—No sabemos.
Magda cumplió cuatro años ese 4 de octubre —1957—. Además de pastel, su padre trajo y llevó bulbos y antenas; imitó en lo posible las especificaciones del Collins KWS-1, pero no llegaron a captar los 20.007 MHZ del satélite soviético.
La memoria de la órbita del Sptunik permanecía en la conciencia de Magda, limpia, libre de estática. Su infancia se reducía a las noches de esos tres meses en el taller, escuchando a sus padres especular, soñar; sintonizar las crónicas de otros radioaficionados presentes en la feria de Texas. Por la ocasión, su papá se inventó un mensaje de cumpleaños desde el espacio. Podría haber dicho lo que fuera, sólo él entendía el idioma, los códigos; el mundo que empezaba a ser.
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Inusual denuncia de acoso
de Ramsés Figueroa
De la serie 1975
La ansiedad de Magda mantenía en alerta al agente. Era notable su nerviosismo pero no parecía atemorizada. El robot de Google que irrumpió en su blog doce veces antes de las ocho de la mañana, había actuado con mucho sigilo; ni siquiera indexó la página, la información estaba intacta.
El agente tomó nota del rastreo que Magda hizo en nic.com, donde aparecía que el IP 66.249.73.52 pertenecía a Google; el mismo cuya huella aparecía también en el contador de visitas de la página de la víctima. Era difícil imaginar un algoritmo espiando a una mujer de cincuenta y seis años. -
1975
de Ramsés Figueroa
De la serie 1975
Sin mencionar que no volvería el lunes siguiente, tomó su salario y no se detuvo hasta llegar al Kmart que está en la manzana del trabajo de Magda. Compró un juego de rastrillos y entró al baño. Frente al espejo lo invadió el temor de mojarse la cara; que el agua, finalmente le hiciera daño.
Su rostro era metálico, lampiño y lustroso. No había patillas qué recortar, mas XR-2001 se buscaba vellos con el tacto; era inútil. Aun así desempacó su rastrillo. Metió las manos al agua y llevó un chorro a su rostro. Era necio, lo sabía: Magda no iba a aceptarlo. Pero arrojarse así, tan estúpidamente a esa suerte echada, exigía desde luego una actitud en parte humana. Eso era ya un comienzo.




