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  • Andar en dos ruedas

    Publication: Mural, sección Comunidad (México)

    Publication Date: 13-JUL-02


    COPYRIGHT 2002 Agencia Reforma

    Byline: Ramsés Figueroa

    Opinión Invitada


    En Uruguay, en el argot deportivo, a una persona que eventualmente sale a la calle a rodar su bicicleta se le conoce como ciclista; y a aquellos cuyo medio de transporte normal, para ir a trabajar, a la escuela o de compras es la bicicleta, se le llama bicicletudo. En nuestra ciudad serían bicicletudas, exclusivamente las personas que no tienen recursos para adquirir un vehículo y que, además, tienen nervios de acero. Y es que se requiere sangre fría para lanzarse a la calle todos los días a torear midibuses y señoras de Voyager, que ven en el ciclista a alguien molesto que le impide avanzar, desconociendo que las leyes les reconocen todos los derechos necesarios para ocupar un carril en una calle o avenida.

    Tristemente, la incultura vial tapatía hacia ciclistas y peatones parece haberse integrado a nuestra idiosincrasia y será muy difícil restituirles sus derechos de tránsito. Sin embargo, existen alternativas que podrían ayudar a resolver el problema, de seguramente miles de personas que hacen de la bici su medio de transporte: concretamente, las ciclopistas.

    El atractivo que representa para Chapala la existencia de una vía ciclista, no es únicamente una estrategia de marketing para atraer gringos pensionados; sino que resuelve la comunicación entre dos poblados, donde la bicicleta es un transporte eficaz, que quien haya sido el autor de tan buena idea, seguramente lo tuvo presente. En Guadalajara en cambio, se inicia un proyecto similar, que humildemente conectará el centro de la ciudad con la Minerva, donde no ha tenido que sacrificarse un sólo carril vehicular; y resulta que la obra ya está parada, porque a dos señores vecinos de la avenida La Paz, no les gustó la idea.

    Pareciera que ahora somos tan democráticos que hace falta consenso para todo. Como si viviéramos en una ciudad donde, además de tolerante y madura no hubiera demasiado tráfico, ni problemas de estacionamiento, como si los niveles de contaminación fueran mínimos y los problemas de estrés irrelevantes. Imagine la desintoxicada que podría darse todos los días, antes y después de ir a trabajar y llenarse de preocupaciones, de café y cigarritos, usando su bicicleta. Su sistema cardiovascular querría proponerle hacer una marcha para apoyar al municipio en su obra.

    Quizá el error del Ayuntamiento de Guadalajara haya sido iniciar el proyecto en una zona donde hay gente que puede gastar su dinero en demandas legales, que no puedo imaginar qué derechos podrían tener sobre la vía pública por encima del beneficio de la comunidad. Seguramente si hubieran empezado la ciclopista por el anillo periférico, en una parte donde nadie poderoso circule, y una vez monitoreado el enorme número de gente que transita todos los días en dos ruedas, verían lo ventajoso de poner a los conductores a pedalear. Y no es sólo esa gente; le pregunto a usted, si hubiera una ciclopista que le garantice su seguridad vial ¿dejaría descansar su vehículo para moverse en bicicleta o en patines o patineta o patín del diablo?

    Terminar la ciclopista de La Paz y unirla con otra que se hiciera, digamos, en Federalismo, donde hay más banquetas y camellones que avenidas; y otras más que se incluyeran, podríamos tener una red ciclista capaz de transportar a miles de personas diariamente, resolviendo enormemente los problemas de tráfico de la ciudad. El proyecto realmente está en pañales, algo serio sería cerrar ciertas calles de oriente a poniente y norte a sur, para hacer una verdadera ciclopista; donde la gente pueda andar en bicicleta o patines libremente; algún ayuntamiento audaz, podría ofrecer rutas ciclistas turísticas a museos o restaurantes. Al final, la infraestructura ya existe, ya hay semáforos, calles, todo; sólo haría falta analizar sumariamente el proyecto; invitar a ciudadanos que quieran rentar su cochera como aparcadero o fijar tubos al piso para amarrar la bici. Y a pesar de algún vival que le robe su bicicleta, siempre será más barata que el deducible de un seguro vehicular.

    Mi interés de opinar en este tema, debo confesar, es múltiple; por una parte, conforme al vocabulario uruguayo, soy ciclista -no tengo los nervios de acero-, vivo en la esquina casi, de Miguel de Cervantes y La Paz, en la Zona Minerva, y trabajo en el Centro, a una cuadra de La Paz. Es decir, también soy vecino de la zona afectada; pero lo más importante, soy ciudadano y siento que mis derechos se están violando. Si me piden mi opinión sobre el juicio administrativo que se ha iniciado en contra de la ciclopista, yo preguntaría la manera de coadyuvar para apoyar al Ayuntamiento; o bien, si habría que ampararme para que, en aras de la sensatez, la obra concluya y se inicie el trafico ciclista.

    rafc_mx_at_yahoo_dot_com_dot_mx

  • 12 segundos en la oscuridad

     

     

    por Ramsés Figueroa

     

    La costumbre de llevar en la cajuela mi sleeping, casa de campaña y dos cambios de ropa, fueron contundentes para un diagnóstico de "huida", aunque eso lo tenía claro sin necesidad de psicóloga. Lo revelador no era el hecho en sí, sino el modo, un escape chiquito —de fin de semana—, pero constante en el querer llegar a cualquier lugar hacia el sur. El viaje mapa-abajo simbolizaba la depresión; y mi asombrosa necesidad de seguir descendiendo en espiral, sólo me invitaba a escuchar This mortal coil, a Lisa Germano o el Réquiem de Mozart.

     

    Dos años después, casi llegando a Moyahua (Zacatecas), pusimos Doce segundos de oscuridad de Jorge Drexler. Esta fue mi primera experiencia de manejar en carretera hacia el norte, quizá de regreso de un movimiento pendular, pero nada estructural; al menos no en espiral. Algunas cosas habrían de haber ocurrido para poner ese disco que no es solamente oscuro, ni nada más alentador. Empleando un lenguaje marítimo, distinto al mío —carretero— Drexler propone la breve incandescencia de un faro, como el punto de referencia a seguir durante los doce segundos de oscuridad que vienen después. Tiempo exacto —cronometrado por el propio uruguayo— en que la luz aparecerá de nuevo.

     

    Las letras del disco —salvo una de Radiohead y otra de Titás—, delatan a un compositor que ha empleado el estudio de grabación como herramienta de catarsis, que ha podido utilizar sus propias vivencias para exorcizar el tedio que en los últimos años provoca ya, la música que proviene del Reino Unido —salvo sus excepciones, claro—. No conozco toda la obra de Drexler, pero las letras además de hermosas, suenan definitivamente inteligentes, y la música tiene fundamentos. Algún teclado que marca el ritmo con elegancia y me hacía recordar a Simple Red o por momentos la lírica de Dylan; o eso dije al menos, para evitar el comentario de que ya anochecía y nos faltaban más de cien kilómetros para llegar.

     

    Pero el disco de Drexler que yo conocía ya de memoria, daba para más. Y lo escuchamos el resto del viaje. Platicamos que a él lo descubrió Sabina, que antes vivía de ser médico, que este disco nació en Cabo Polonio, al Este de Uruguay donde no se llega en coche, ni se tiene luz artificial que no provenga del faro. No podríamos ir a allí aunque quisiéramos, no en un Volkswagen y menos ahora que todo parecía apuntar hacia el norte, a la salida, donde habría de estar Drexler también, convaleciendo. Porque el disco de seguro es autobiográfico, intenso en desasosiego, pero al mismo tiempo marca una despedida, y luego otro inicio. Para nosotros sería una vuelta en U a la mitad del camino, para él un golpe de timón.

     

    Avistamos las luces de Zacatecas ya entrada la noche, con la panza vacía y la luna bien llena; con La hermana duda sonando por vigésima vez —¡vaya contrapunto nos fuimos a hallar!—. Y nosotros llegamos cansados, pero con buen ánimo; y algo curados.