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La función de la mariposa

  • En cámara lenta

    de Ramsés Figueroa

    Publicado en el Libro
    La Función de la Mariposa, ed. El trompo, 2004

     

    En cámara lenta se ve cómo jalas una palanca, que debe moverse al punto más vertical, antes que la goma de la máquina que troquela baje hasta los 14 grados; y entonces, una vez arriba, la palanca desciende lentamente y tus dedos nerviosos se mueven de un lado a otro del botón. A pesar de usarlo 730 veces al día, aún te pone de nervios hacerlo antes o después de tiempo. El sensor de radiaciones podría detectar el calor que se libera antes, o el exceso de frío que emerge después y podría recibir una señal errónea de temperatura. Entonces, la corriente pasaría en menor cantidad y los diodos, que son muy sofisticados pero sensibles, saltarían por el aire.

    Recuerdas que no has puesto la perilla en el punto 16, sino que sigue en el 23, como ayer que el proceso era inverso y potenciado en baja temperatura. Con tu pie izquierdo arrancas por el talón tu sandalia del derecho; rápidamente, aunque aún en cámara lenta, te sostienes sobre tu pierna izquierda. Bajas tu cuerpo completamente como una bailarina; y posicionas tu dedo gordo del pie desnudo sobre el botón. Mientras con tus dedos de la mano, buscas en el piso la perilla.

    Todo está oscuro y no puedes ver nada, trabajas al tacto. No es tan difícil. Cuando el sistema era neumático lo hacías con guantes y tu sensibilidad en las manos era nula. Aprendiste a hacerlo con el oído. Encuentras la perilla: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete lugares. Has sentido como la perilla gira siete lugares, ahora está en dieciséis. Escuchas la señal, la coraza de metal empieza a sonar, oprimes el botón con tu pie. Regresas cadenciosamente a tu posición original. Debes hacerlo con rapidez antes que debas oprimir el botón de nuevo, pero te mueves en cámara lenta. En caso de no alcanzar, lo harías con el pie de nuevo.

    Esta parte del proceso es agradable, te recuerda la danza, cómo te gustaba la danza antes de entrar a la estación submarina de fundición. Imaginas tu cuerpo moviéndose cadencioso en la oscuridad. En realidad es un trabajo cómodo; te deja tiempo para pensar, para sentir tu cuerpo moverse como una máquina, mientras tu mente viaja. El cosquilleo de tu falda que se sube al hacer la maniobra, te pone el cuero chinito; esa sensación es la mejor de todas.

    El supervisor que ha venido de la superficie, recuerdas, no se ha ido. Estará frente a ti; no lo sabes, el ruido de la maquinaria te impide escuchar. Aún reincorporándote no podrías saberlo, la oscuridad es total. La luz de los indicadores del panel de controles no podría regresarte una imagen del otro extremo, pero él si te vería, su equipo antioscuridad le permite verlo todo con acercamientos de 300 ó hasta 400X, con una nitidez tan real, como si fuera de día. Él habría dicho que querría supervisar tus procesos.

    Tu movimiento no termina, sigues con el tronco a 45 grados, en una horizontal total, tu pierna que vigila el botón está a la misma altura, justo para revelar toda tu intimidad. Él estará perdido viéndote, analizando tus musculos que se tensan para volverte a poner de pie; y ahora más tensos por el nerviosismo, por el pudor. No deberías sentirlo, se supone que eres profesional, un máquina que no te importa nada sino el fundido submarino. No podrías dejar de moverte sólo porque alguien que está ahí y es el jefe, te está mirando depravadamante.

    Este proceso de ponerte en posición de bailarina tú lo has inventado, lo cuestionaron tanto en su momento, que debiste ponerlo en práctica un mil veces. Entonces llevabas el pants institucional. A golpe de estar sola en el batiscafo optaste por entrar de falda y huaraches, No podías perder tu esencia, tu feminidad, aún en el fondo del oceano Ártico, aunque ahora te ha puesto en un aprieto. Te incorporas, suena la señal y oprimes el botón con la mano.

    Todo sigue en cámara lenta, es muy extraño. Enciendes la lámpara de emergencia; no hay nadie. El supervisor no está mirándote. Suspiras, apagas la luz, caminas tres pasos a tientas y decansas.

    No percibes si la cámara lenta sigue o si te ha entrado el sueño, ese sueño pesado que sentiste antes de depertar en la mañana. Empieza a vencerte, recuerdas la cara del jefe, un hombre apuesto enfundado en su traje de hombre rana, de buzo supervisor que salió de la nave para verificar las uniones de silicón. Recuerdas a tu madre, recuerdas a... Lo recuerdas, lo recuerdas diciendo que quería algo más, algo serio. El batiscafo – le advertiste orgullosa–, esa nave es mi vida; el fundido submarino, es parte de mí. Y ya no llamó de nuevo. Ahora recuerdas la perilla, no fueron siete golpes los que giró; sino seis, quedó en diecisiete. El gas de las válvulas de anticongelación ha entrado por las compuertas A y B. Te estás ahogando, por eso la cámara lenta, tu cerebro ya ha perdido la noción. Qué hacer, qué hacer... Piensa.

    No es posible, diste los siete golpe,; además la cámara lenta está desde el inicio. ¿Qué pasa entonces, por qué la cámara lenta? Si no es el gas... ¡Piensa, piensa!

    Recuerdas más imagenes, tu lápiz. Recuerdas tu mano que llevaba el lápiz a tu boca, tenías once años. Recuerdas al jefe, tomándote de la cintura. A ti te gusta, sí, pero no querías besarlo; es contra el manual. Forcejeraron, pero eso no aquí, fue en tu camarote. Lo golpeaste en la cara, él sencillamente te devolvió el cariño. Pero con esa mano pesada, con esa mano mitad de hierro, y con esa otra mitad amputada de un mal proceso en el batiscafo 19B23. Fue en el `84.

    La cámara lenta, tu cuerpo al revés, tu cabeza que voltea de nuevo al frente, el supervisor que sale de tu camarote, y después la sangre que tapa la visión. Su olor, a óxido, a desesperación. Tus movimientos en cámara lenta... y cada vez más lenta. Los recuerdos, el recuerdo de hoy, que bajabas a tu área de operación. La sensación de tu falda, la exitación repentina en tu cuerpo: son recuerdos.

    La cámara lenta, la luz. Nada

  • Los herederos del mundo entero

    de Ramsés figueroa

    Publicado en el Libro

    La Función de la Mariposa, ed. El trompo, 2004

     

     

    El primero de enero en reunión familiar, mi padre anunció que estaba cansado. Toda su vida había trabajado para sus padres, su mujer y sus hijos; estaba harto de no volver a casa temprano, de hacer viajes, perder el domingo en transacciones. Ya no quería sentirse ajeno, ignorante de cuanto pasaba en casa. Resolvió cerrar el año tomando sus ganancias: vender la fábrica y comprar una finca en la playa, la que era tan buena inversión. Conmovidos, abrazamos al padre: mi madre, mis hermanos y yo. Hubo lágrimas y mucha comprensión.

     

    No acudieron postores. Hacia marzo la fábrica seguía operando. Era absurdo cerrarla sin una oferta, perder la inversión y los años, el esfuerzo de toda una vida. Esperamos. Para junio las nuevas noticias borraron los planes de golpe. Papá tenía cáncer y menos de un año de vida. Al mes entendimos que menos, que menos de medio, que menos de medio partido al medio, aún menos. En treinta días, papá se fue.

     

    Llegó la señora, la otra, con sus dos abogados, y un acta notariada que decía que había adquirido la fábrica, sesenta y seis por ciento de acciones, ¿vendidas a cómo?

     

    — Hay cosas que se pagan con dolor y vergüenza, con hijos que dejan de ir a la escuela, porque son bastardos, porque su padre no los quiso ni ver. Sale caro –añadió –, ni una fábrica podría devolvértelo.

     

    Mamá no fue al entierro, no quería encontrarse con esa mujer, enseñorándose del muerto, del dolor que era nuestro, no de ella, de los hermanos. El suyo, quizá diferente, también era pesar.

     

    — Me duele el hombre que fue –se condolía mi madre –, destrozado en vida, que incluso ahora está donde no lo quieren. Quizá está donde debía estar, donde sintió que estuvo durante años. ¿Qué tiene de nuevo? ¿por qué me miran así, qué apenas lo han notado?

     

    Su padre vivía muerto, desde hace años. Hace tiempo me advirtió que nos iba a dejar. Él no me quería, ni yo a él.

     

    — ¿Por qué no te fuiste tú, mamá?

     

    — Lo habría hecho, pero él se iba a ir.

     

    — Pero no se fue.

     

    — Pero no se fue.

     

    En esa reunión no prevista, resolvimos que papá se quedó con nosotros porque no había razón para irse. Esta era su casa y la de mamá también. Entendimos que no se fue por que nos amaba y quería recuperarnos en la casa de la playa, la que adquiriríamos de todos modos, porque esa era su voluntad. Decidimos que para diciembre el resto de la fábrica estaría vendida, y nosotros muy lejos de aquí.

     

    Con la casa y los muebles, se quedarían los malos recuerdos. Sorprendidos de nuestra entereza, nos conmovimos, nos abrazamos y nos perdonamos.

     

    En octubre el balance reportó pérdidas, las decisiones de la nueva socia, nos habían llevado a la quiebra. Tomó sus cosas y se fue, no dijo adiós ni nada. Desmantelamos la fábrica y pusimos en venta las máquinas, los muebles, las cuentas por pagar y el terreno. Retiraron la oferta de la casa en la playa, aunque no era cierto, la seguían vendiendo. Todavía en noviembre la vi anunciada; sólo a nosotros no nos la venderían, a ningún hermano ni a mamá.

     

    — Mire, le voy a explicar. Han venido todos sus hermanos a comprarla, nos han ofrecido el total de la venta de lo que fuera la fábrica. Algunos ofrecen su parte, otros la de dos o de tres, cada uno me cuenta su historia: que Miguel los está robando, que José ya vendió una parte y no la reporta. No quiero saber de ustedes, ni yo, ni nadie.

     

    — Yo represento los intereses de todos, soy su abogado.

     

    — ¿Lo trae por escrito?

     

    — En reunión familiar se dijo así.

     

    — Igual que todos. En reunión familiar se dijo que Claudia, que Mariano y Miguel, ¿ahora que usted?

     

    A mediados de diciembre, a razón de uno o de dos, por día, avisaron que las fiestas las pasarían en otro lugar, fuera de aquí. Mamá no hizo cena, recibió las llamadas, agradeció las postales. No hubo abrazos, sólo distancia.

     

    A finales del año, la tensión ya era insostenible: los recuerdos, los rencores; los gastos. Ya nada podía venderse, se debía el anuncio, la inmobiliaria había dejado de llamar, sólo el fisco quería encontrarnos. Se propuso una tregua, una última reunión, lo agendamos para el primero de enero.

     

    Sentados en la mesa, reordenamos el programa, todo estaba mal planteado. Después de los saludos, sin abrir la puerta, entró papá. Con paso seguro se dirigió a su silla, la del mando, que ya estaba desocupada por terror a su fantasma. Sacó de su saco una pequeña libreta café. Sin anteojos ni tos, leyó en silencio un instante, la cerró y la puso en la mesa.

     

    — ¡Un año exacto! Hace un año hablamos de amor, valores, de estar con ustedes, conmigo, de dejar esta casa, esta vida. ¿Qué hicieron con eso? Ni se muevan, no levanten el dedito que no he terminado. Un año les pedí, ¡tan sólo un año! Pues bien, he vuelto.

     

    La fábrica está vendida. Yo lo tuve que hacer por ustedes, como siempre. Y no ha sido facil... meses negociando, de noche y de día: uno no descansa ni muerto. Entregué la fábrica, y la casa, y la de la playa también. No era nuestra, pero tuve que darla. Entregué a mamá, y a ti Claudia, y Mariano, y Miguel, y a todos.

     

    A ti no – me aclaró–. Tú levantas las minutas, eres el escribano, aún eres útil aquí. Se acabó la reunión señores. ¡A volar! Cada uno se establece en una nación, yo los iré buscando. Y no se peleen por favor, los demonios no son hermanos.

     

    Todos dejaron la casa volando, sin abrir ventanas ni puertas. Estupefacto, escribiendo la minuta, pormenorizándola, evitaba temblar o llorar. No pude mirar a papá, seguí escribiendo.

     

    — Qué ironía. El único hijo abogado, y no pude venderte. Perdí las Antillas por eso, no pude comprar Portugal. Hasta en eso hay moral. Resulta que no eres pecado mío.

     

    No me mires así, yo no lo sabía.