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Letras sueltas

  • Algoasil

    Panteodomiro el alguacil, lejos de probar sus acusaciones, dejó a todos sumidos en una reflexión interior que hizo enfurecer a los asesores más cercanos al ministro; quien en secreto, le prodigaba simpatía. Y cómo no, si era la primera creación de su mente —que parecía abandonar la convalecencia—.

  • Emocional

    No era por miopía que Onofre le diera paja a la excavadora, aseara el establo y entrara al pueblo montándola; se había vuelto emocional.

  • El crontab

    Un crontab, programado para las 11:27, ejecutaba el script cada día: ese que le hacía preguntarse si habría vida inteligente en algún lugar.

  • De la ficción a la sala

    Cerraba las frases con pesados símbolos de puntuación que le hacían por encargo, para evitar el flujo de espectros, de la ficción a la sala.

  • ¡Tan atento!

    Bajo la nube de códigos rotos, javascripts mutilados y huevecillos de algoritmo, no había robots; sólo el mail del hacker, ¡tan atento!

  • Postal de tricicleta en movimiento y personajes

    Las ollas en la tricicleta rebotaban golpeándose unas con otras, en un ruidajal que sacaba a los curiosos de sus casas. Albanito y Cosme parecían dos niños en el colofón de la semana de pascua. Esa imagen habría sido perfecta para referirme a ese tiempo: superado el abandono de Albanito, después del regreso de su padre, solo y sin una respuesta; y antes de que vinieran a aprehenderlo.

     

    Pero el mandamiento era "en sorpresa", y los oficiales del escuadrón K llegaron de repente, invadiendo mi postal, y masacrando la buena memoria de quien había salido a asomarse para ver a padre e hijo, por fin tan contentos, rodando río abajo a gran velocidad.

     

    Varlos, el carabinero mejor apunterado, habría colocado su fusil rápidamente sobre la capota del carro y acertado en la nuca del indiciado, pero el comandante vacilaba en dar la orden, porque la sorpresa no aparejaba el fuego a discreción; o no al menos sobre Cosme, su viejo amigo.

     

    El golpe de aire que levantó la tricicleta por la sombrilla en medio del asombro general, no quedó asentado en el parte, ni las risas de Albanito, ni los adioses de todos que prometíamos recibirles. Solamente la refusilata de los tiros al piso, simuladores, inofensivos y ruidosos, exageradamente narrados en la averiguación, que archivada para siempre en términos del 100 y del 102 del Código de Procedimientos Penales, encontré muchos años después; cuando pude entender, y finalmente olvidar.

  • Prójimo Dios

    El perro que saqueaba en la basura
    no era de nadie, en realidad.
    Habría sido suyo, de tener algo.
    Resuelto… podría poseerlo con media mirada,
    como hizo para echarse el mundo en un bolsillo,
    aquella vez que lo quiso tanto.
  • Nocturnidad

    Sus ojuelos de maíz brillaban, nerviosos, en la oscuridad de la caja del cereal.
  • Cada otoño

    A la memoria de un Marlboro light en mi boca.

    Cada otoño
    necesito fumigarme.
    Esparcir humo a bocanadas
    y aniquilar este hormiguero
    que no deja de colectar hojas secas;
    y revolver recuerdos.

  • En ese aliento

    A DG.

    El otoño llega trepado en un vientecito ramplón,
    muy traicionero, que lejos de soplar, succiona.
    El jueves, mientras me ponía mi suéter,
    ya estaba el Negro revolviendo la hojarasca;
    algo valioso e inédito habría de ir en ese aliento,
    que con sólo venir, ya estaba quitándonos algo.

  • El hombre de poca fe

    El hombre de poca fe guardaba en la bolsa interior del saco un revólver pequeño; que de seguro le habría fallado también, de haberle servido tan mal plan.

     

     

  • Sensación de vértigo cayendo en tierra firme

    Elio llamó la atención de quienes estuvimos en las puertas 14 y 15 el día que lo expulsaron del país. Esposado y con su escolta de cuatro agentes vestidos de traje gris, parecía una celebridad sacada de un bar de Londres. Apenas llegó y ya había disipado el ambiente de molestia por tan prolongado retraso. En cambio, en una secuencia sutil, la gente se fue apretujando en torno al pequeño y pedestre convoy como una flor nocturna que se cierra coreográficamente.

     

    No era un hombre inocente, reconocía ser el autor de la masacre aquella noche del Domingo de ramos: —pero no ha sido por dinero ni fanatismo; no es la primera vez, como tampoco me interesa derrocar a nadie—. Por el motivo que fuera, Elio sería ejecutado de algún modo, apenas llegara a su patria. El gobierno estaba advertido del efecto que éste causaba frente a una cámara de televisión; que en palabras de Monseñor, debilitaba la resistencia carnal del rebaño con la destreza de un Maléfico.

     

    No fue casual mi sensación de vértigo mientras duró la espera. Cuando llamaron a abordar a los pasajeros de la sala 15, quise irme en su vuelo; cambiar mi destino. Elio se levantó entre una ovación de mujeres y hombres, de civiles y guardias; que ya en el aire le habrán liberado. Desde su asiento en la fila 28, Elio se ocupó de cada pasajero con la prestitud de una sobrecargo experimentada. En la cabina de vuelo dijo algunas palabras que habrán quedado registradas segundos antes del desplome del avión, que al perderse del radar, todavía tintineaba en la agenda de algunos noticieros. Luego no se dijo nada, ni siquiera se calló.

  • Inmersión

    La luna acusaba que no era siquiera la media noche; y él, fatigado, seguía braceando para alcanzar la orilla. En semejante soledad no había modo de pedir ayuda. La única posibilidad era mantenerse a flote hasta la luz del día siguiente, aguantar el frío, y pensar en algo para no quedarse dormido.

    El equipo de rescate no vino inmediatamente por la mañana. Pasaba el mediodía cuando la administración del hotel envió a un vigilante a inspeccionar. Éste halló al hombre ya sin vida, y con esa inquietante expresión semisonriente con que los ahogados reciben a quienes llegan tarde al auxilio.

    Sin credenciales en su cartera, ni fotos, los investigadores observaron que el hombre no tenía señas particulares. No había manchas en el iris de sus ojos, tampoco huellas dactilares. —En su desesperación, ha de haber agotado hasta el último recuerdo—. Dicho esto, el comandante se hizo a un lado para dejar pasar a los forenses, sin quitarle la vista al cuerpo que aún flotaba, empequeñecido en la enormidad de la cama.

  • El beso de Judas

    de Ramsés Figueroa

    En el correo de Dante, advertí la urgencia de llevar inmediatamente la factura a rectoría. Él y Raúl tendrían una reunión con Tonatiuh, y si se la entregaban directamente, me la pagarían más rápido. Tomé la factura sin darle tiempo a despertarse ni ponerse zapatos y salí corriendo. Ya en el coche, asustada, me pedía que no la fuera a entregar, que los libros contables son enormes, viejos y cuadrados; que es difícil amistar con ellos. Se le quebraba la voz al intentar convencerme que las secretarias pueden destruirla a una con una soltura... —como si fueran sólo papeles para rayar monitos cuando se habla por teléfono—.

    No podía confesarle que la idea era precisamente la de entregarla. Sin beso en la mejilla, sin la hipocresía de Judas, empecé a sentirme traidor. Al final, recibiría más de treinta monedas por ella. La puse boca abajo en el asiento —porque te puedes marear—, le dije, mientras subía el volumen del estéreo para tapar el ruido del motor sobreacelerado; para evitar que fuera a percibir mi prisa al manejar, o a escucharme pensando: no voy a llegar, ya son casi las doce, y no la van a aceptar.

    — ¿Te gusta Miguel Bosé?

    — Sí. —Respondió, dando saltos para darse la vuelta, aprovechando el aire para hacerse girar, y evitar que yo pudiera notarlo—.

    Al entregarla, porque llegué a tiempo, le pedí a la señorita que fuera amable con ella, que ahora me veía, parpadeando sus ojitos de consecutivo fiscal. No llores, le pedí sin decirlo, las cosas son así. Necesito pagar cuentas y comprar comida y gasolina. No puedo dejar de entregarte.

    — No puedo dejar yo tampoco, dejar de empezar a llorar, dejar de creer, de ser documento fiscal solamente; empezar a no ser yo, empezar a no extrañarte, aunque me entregues. Porque el que ama siempre entrega. No así, pero lo hace. Ya no sé lo que estoy diciendo...

     

    Me quitó su mirada de encima, y siguió:

     

    — Fecha, 5 de octubre de 2005, Cliente, Universidad de Guadalajara, Concepto, diseño, diagramación y cuidado de edición...

    Así la dejé, actuando su ser factura, recitando los lunares que llevaba en la piel. Bajé las escaleras con Dante y con Raúl; y aún sentí su mirada sobre mis hombros. Me volví hacia arriba, a buscarle los ojos:

    — Importe con letra...

    Y empezó a gritar la cantidad, con una voz de dolor que me hizo apurar el paso, para no verla caer en el folder manila; para salir a la calle, tomar el coche, y empezar a esperar mi cheque.

  • Estado de tristeza

    de Ramsés Figueroa

    De la serie 1975

     

    No era un incidente aislado. La opinión pública de la escuela solía ser feroz con XR-2001, probablemente más que con las demás minorías. Él no era vengativo, no entonces; al menos nunca lo externó. Los de cuarto lo tenían rodeado, y lo retaban a que los desintegrara con su rayo letal o los mandara derechito a otra época.

     

    La maestra Jubi llegó a rescatarlo. Lo apretó contra su panza hinchada y enorme, y así se lo llevó al otro patio, forcejeando porque XR-2001 quería soltarse. ¡No seas tonto! —le dijo— Y siguió acariciándole la cabeza, y diciendo que ser diferente le traería muchas ventajas a la larga.

     

    Cuando la maestra volvió del hospital tras perder al bebé, XR-2001 se quedó en la entrada del salón por la misma razón de siempre: —en un estado de tristeza como este, podría estar emitiendo alguna radioactividad—.

  • 5,000 pies, en descenso

    dolorDecidida, lo dejas caer. No cae, sigue aferrado a ti, con todas sus manos; con todos sus dedos. Ha dicho que nunca se irá, que lo vivido se queda; en la memoria, en el alma. No quiere irse, mas no puedes seguirlo cargando.

    — ¿De qué se trata? ¿Por qué no me dejas?
    — Soy parte de ti.

    El dolor te suelta y se sienta a tu lado. No conoce por dentro un avión. Nunca había salido de casa, todo el tiempo adentro de ti. Te mira de pies a cabeza, nerviosa, temblando.

    — Eres bonita, el mundo es lindo también. ¿Estamos volando?
    — Muy alto. La idea era que averiguaras qué tanto.
    — No puedo, no puedo caerme, ni irme de ti. ¿Qué pasa contigo? ¿Qué te ha hecho sufrir?
    — (suspiras).
    — Sé que te afecto, que si ahora estoy, sufres; y si mañana sigo, tú sigues sufriendo. No es mi intención. En serio.
    — ¿Por qué no te vas, entonces?
    — ¿Adónde? ¿Qué puedo hacer yo?

    Tomas tu maleta de mano, la que llevas debajo de tu asiento. Sacas el pasaporte y tu cartera. Dejas algunos billetes. La cierras, la extiendes, se la ofreces. El dolor, incrédulo, la toma. Se queda pensando, indeciso; rascándose el cráneo con sus tantas manos.

    Aterriza el avión, el pasillo, los andenes, migración. Se cuelga la bolsa al hombro.

    — Lo voy a intentar. Si no puedo, regreso a buscarte.
    — No. Aprende a estar solo. Yo ya voy a olvidar.

  • El oso de felpa

    de Ramsés Figueroa

    de la serie 1975

     

    Válter pagó los boletos con un billete grande para tener cambio. El problema del viaje, al inicio, no era el dinero sino la minoría de edad de ambos. En California eso sería irrelevante; pero entre tanto, habría que ser cuidadosos. Se sentaron en los lugares de enmedio, paralelos, quietos; en absoluto silencio. La emoción de Magda la hacía repasar el itinerario, las razones, El Reporte del Dr. Edward Condon recién publicado por el New York Times; la petición de mesura —súplica— de su mamá, de no tirar su vida a la basura persiguiendo ovnis.

     

    Allá estaba su madre, pequeñita, reducida a través de la ventanilla. Se hicieron señas de adiós y Magda hundió su cabeza en el asiento; en sí misma. Quién sabe qué estaría pensando Válter que se frotaba las manos para secarse el sudor. De seguro veía en cada segundo una ocasión perdida para bajarse del plan; pero era más su lealtad que su miedo.

     

    Cuando finalmente partieron, Magda se acercó a Válter y lo abrazó como a un oso de felpa. No quiso ni fue erótico ese primer contacto; aunque para ella, a partir de ese momento el viaje tomó un sentido nuevo que la búsqueda inicial. Era evidente que la motivación de Válter fuera el enamoramiento por ella; lo nuevo, era descubrirse atraída también. A eso le dio vueltas y vueltas las primeras horas del viaje. Estaba tan cerca de Válter, y se sentía como apenas entrando en el mundo.

  • En el parque

    de Ramsés Figueroa

    De la serie 1975

     

    El vendedor de comida del parque recogió el frisbee y lo sostuvo en su mano hasta que XR-2001 llegó a recogerlo. Un cliente anciano muy bien vestido lo miró extrañado cuando lo llamó “chico”. Había que estar ahí para verlo cada día, jugando con el disco volador o la pelota, lanzando globos o burbujas de jabón.

    — Cómo no lo voy ver si mi oficina está en aquella ventana de ese edificio. Lo deseable sería que se comportaran como adultos. De idiotas ya estamos llenos.

     

    Por la noche, el anciano se topó de frente con XR-2001, quien parecía haberlo estado esperando afuera del edificio. Lo llamó por su nombre completo. Enseguida, dando pasitos hacia atrás con mucha agilidad, recitó su número del seguro social, su domicilio particular, los nombres de los bancos donde tenía sus inversiones, los números de cuenta y los montos. El anciano alarmado quiso echársele encima pero ya estaba fuera de su alcance; la jovialidad de XR-2001 era indudable.

  • Un mensaje de cumpleaños desde el espacio

    de Ramsés Figueroa

    De la serie 1975

     

    La mamá de Magda entró al “taller de pruebas” con un Gerber de mango y algunas preguntas: ¿Habrá más gente sintonizando al Sputnik? —Claro, los propios rusos, los americanos; concretamente Roy Welch—.

    —No, no ellos; fuera de aquí.

     

    —¿Marcianos? Bueno, pues ellos no son gente.

     

    —No sabemos.

     

    Magda cumplió cuatro años ese 4 de octubre —1957—. Además de pastel, su padre trajo y llevó bulbos y antenas; imitó en lo posible las especificaciones del Collins KWS-1, pero no llegaron a captar los 20.007 MHZ del satélite soviético.

    La memoria de la órbita del Sptunik permanecía en la conciencia de Magda, limpia, libre de estática. Su infancia se reducía a las noches de esos tres meses en el taller, escuchando a sus padres especular, soñar; sintonizar las crónicas de otros radioaficionados presentes en la feria de Texas. Por la ocasión, su papá se inventó un mensaje de cumpleaños desde el espacio. Podría haber dicho lo que fuera, sólo él entendía el idioma, los códigos; el mundo que empezaba a ser.

  • Inusual denuncia de acoso

    de Ramsés Figueroa

    De la serie 1975


    La ansiedad de Magda mantenía en alerta al agente. Era notable su nerviosismo pero no parecía atemorizada. El robot de Google que irrumpió en su blog doce veces antes de las ocho de la mañana, había actuado con mucho sigilo; ni siquiera indexó la página, la información estaba intacta.
    El agente tomó nota del rastreo que Magda hizo en nic.com, donde aparecía que el IP 66.249.73.52 pertenecía a Google; el mismo cuya huella aparecía también en el contador de visitas de la página de la víctima. Era difícil imaginar un algoritmo espiando a una mujer de cincuenta y seis años.

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