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12 segundos en la oscuridad

 

 

por Ramsés Figueroa

 

La costumbre de llevar en la cajuela mi sleeping, casa de campaña y dos cambios de ropa, fueron contundentes para un diagnóstico de "huida", aunque eso lo tenía claro sin necesidad de psicóloga. Lo revelador no era el hecho en sí, sino el modo, un escape chiquito —de fin de semana—, pero constante en el querer llegar a cualquier lugar hacia el sur. El viaje mapa-abajo simbolizaba la depresión; y mi asombrosa necesidad de seguir descendiendo en espiral, sólo me invitaba a escuchar This mortal coil, a Lisa Germano o el Réquiem de Mozart.

 

Dos años después, casi llegando a Moyahua (Zacatecas), pusimos Doce segundos de oscuridad de Jorge Drexler. Esta fue mi primera experiencia de manejar en carretera hacia el norte, quizá de regreso de un movimiento pendular, pero nada estructural; al menos no en espiral. Algunas cosas habrían de haber ocurrido para poner ese disco que no es solamente oscuro, ni nada más alentador. Empleando un lenguaje marítimo, distinto al mío —carretero— Drexler propone la breve incandescencia de un faro, como el punto de referencia a seguir durante los doce segundos de oscuridad que vienen después. Tiempo exacto —cronometrado por el propio uruguayo— en que la luz aparecerá de nuevo.

 

Las letras del disco —salvo una de Radiohead y otra de Titás—, delatan a un compositor que ha empleado el estudio de grabación como herramienta de catarsis, que ha podido utilizar sus propias vivencias para exorcizar el tedio que en los últimos años provoca ya, la música que proviene del Reino Unido —salvo sus excepciones, claro—. No conozco toda la obra de Drexler, pero las letras además de hermosas, suenan definitivamente inteligentes, y la música tiene fundamentos. Algún teclado que marca el ritmo con elegancia y me hacía recordar a Simple Red o por momentos la lírica de Dylan; o eso dije al menos, para evitar el comentario de que ya anochecía y nos faltaban más de cien kilómetros para llegar.

 

Pero el disco de Drexler que yo conocía ya de memoria, daba para más. Y lo escuchamos el resto del viaje. Platicamos que a él lo descubrió Sabina, que antes vivía de ser médico, que este disco nació en Cabo Polonio, al Este de Uruguay donde no se llega en coche, ni se tiene luz artificial que no provenga del faro. No podríamos ir a allí aunque quisiéramos, no en un Volkswagen y menos ahora que todo parecía apuntar hacia el norte, a la salida, donde habría de estar Drexler también, convaleciendo. Porque el disco de seguro es autobiográfico, intenso en desasosiego, pero al mismo tiempo marca una despedida, y luego otro inicio. Para nosotros sería una vuelta en U a la mitad del camino, para él un golpe de timón.

 

Avistamos las luces de Zacatecas ya entrada la noche, con la panza vacía y la luna bien llena; con La hermana duda sonando por vigésima vez —¡vaya contrapunto nos fuimos a hallar!—. Y nosotros llegamos cansados, pero con buen ánimo; y algo curados.

 

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