Búsqueda
Recibe las actualizaciones (sin Spam)
Estadísticas de visitantes
5,000 pies, en descenso
Decidida, lo dejas caer. No cae, sigue aferrado a ti, con todas sus manos; con todos sus dedos. Ha dicho que nunca se irá, que lo vivido se queda; en la memoria, en el alma. No quiere irse, mas no puedes seguirlo cargando.
— ¿De qué se trata? ¿Por qué no me dejas?
— Soy parte de ti.
El dolor te suelta y se sienta a tu lado. No conoce por dentro un avión. Nunca había salido de casa, todo el tiempo adentro de ti. Te mira de pies a cabeza, nerviosa, temblando.
— Eres bonita, el mundo es lindo también. ¿Estamos volando?
— Muy alto. La idea era que averiguaras qué tanto.
— No puedo, no puedo caerme, ni irme de ti. ¿Qué pasa contigo? ¿Qué te ha hecho sufrir?
— (suspiras).
— Sé que te afecto, que si ahora estoy, sufres; y si mañana sigo, tú sigues sufriendo. No es mi intención. En serio.
— ¿Por qué no te vas, entonces?
— ¿Adónde? ¿Qué puedo hacer yo?
Tomas tu maleta de mano, la que llevas debajo de tu asiento. Sacas el pasaporte y tu cartera. Dejas algunos billetes. La cierras, la extiendes, se la ofreces. El dolor, incrédulo, la toma. Se queda pensando, indeciso; rascándose el cráneo con sus tantas manos.
Aterriza el avión, el pasillo, los andenes, migración. Se cuelga la bolsa al hombro.
— Lo voy a intentar. Si no puedo, regreso a buscarte.
— No. Aprende a estar solo. Yo ya voy a olvidar.





Dejar un comentario