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El beso de Judas

de Ramsés Figueroa

En el correo de Dante, advertí la urgencia de llevar inmediatamente la factura a rectoría. Él y Raúl tendrían una reunión con Tonatiuh, y si se la entregaban directamente, me la pagarían más rápido. Tomé la factura sin darle tiempo a despertarse ni ponerse zapatos y salí corriendo. Ya en el coche, asustada, me pedía que no la fuera a entregar, que los libros contables son enormes, viejos y cuadrados; que es difícil amistar con ellos. Se le quebraba la voz al intentar convencerme que las secretarias pueden destruirla a una con una soltura... —como si fueran sólo papeles para rayar monitos cuando se habla por teléfono—.

No podía confesarle que la idea era precisamente la de entregarla. Sin beso en la mejilla, sin la hipocresía de Judas, empecé a sentirme traidor. Al final, recibiría más de treinta monedas por ella. La puse boca abajo en el asiento —porque te puedes marear—, le dije, mientras subía el volumen del estéreo para tapar el ruido del motor sobreacelerado; para evitar que fuera a percibir mi prisa al manejar, o a escucharme pensando: no voy a llegar, ya son casi las doce, y no la van a aceptar.

— ¿Te gusta Miguel Bosé?

— Sí. —Respondió, dando saltos para darse la vuelta, aprovechando el aire para hacerse girar, y evitar que yo pudiera notarlo—.

Al entregarla, porque llegué a tiempo, le pedí a la señorita que fuera amable con ella, que ahora me veía, parpadeando sus ojitos de consecutivo fiscal. No llores, le pedí sin decirlo, las cosas son así. Necesito pagar cuentas y comprar comida y gasolina. No puedo dejar de entregarte.

— No puedo dejar yo tampoco, dejar de empezar a llorar, dejar de creer, de ser documento fiscal solamente; empezar a no ser yo, empezar a no extrañarte, aunque me entregues. Porque el que ama siempre entrega. No así, pero lo hace. Ya no sé lo que estoy diciendo...

 

Me quitó su mirada de encima, y siguió:

 

— Fecha, 5 de octubre de 2005, Cliente, Universidad de Guadalajara, Concepto, diseño, diagramación y cuidado de edición...

Así la dejé, actuando su ser factura, recitando los lunares que llevaba en la piel. Bajé las escaleras con Dante y con Raúl; y aún sentí su mirada sobre mis hombros. Me volví hacia arriba, a buscarle los ojos:

— Importe con letra...

Y empezó a gritar la cantidad, con una voz de dolor que me hizo apurar el paso, para no verla caer en el folder manila; para salir a la calle, tomar el coche, y empezar a esperar mi cheque.

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