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Fiambre
El desasosiego del gordo Carstens, es, de veras famélico. Se le engusanaron —de políticos y sindicalistas— la despensa y el refri estatales, que tenía llenitos de comida. ¡Vaya ansiedad! ¡Qué asco! Ni modo de ponerse a limpiar el cochinero a la mitad de la noche, con riesgo a que se entere el patrón.
Es una escena para revolverle el estómago a cualquiera, para quitarle a uno el hambre más patológica; pero aún así, las tripas del gordo chillan cuando se asoma a la fiambrera del padrón de contribuyentes, que ya no tiene ni moronas. Y en esa desesperación, le sobreviene su inventiva de líder emergente en un delicioso “Eureka”. Ha imaginado los más inusuales platillos fiscales: virtuales, de telefonía celular; apetitosos conceptos que van quedando redactados en una servilleta, y aderezan la lista de ingredientes de lo que será su proyecto de Ley de Ingresos. Nada carroñero el menú —se queda pensando—, todavía no.





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