Ramsés Figueroa
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Juegos de niños (y de aves)

La casa de Biznaga Postigo era toda de colores distintos. Nos atraía, como nos gustaba ir a verla a ella. Echábamos carreras del lago a ahí, de ida y vuelta; nomás nos permitíamos aminorar la marcha, para cruzar el entronque. El nuevo trazado que hicieron a la carretera, hacía que los coches, apenas saliendo de una curva, se toparan con la vivienda. Era una ilusión de la óptica, porque enseguida el camino ondulaba de nuevo y pasaba por un lado, rodeándola. Los padres de familia, no obstante, aseguraban que era como dejar un montón de caramelos tirados en la mitad de un puente colgante; y en cierto modo, lo era.
Quizá Biznaga era más blanca que vieja, pero nosotros éramos unos chiquillos. Desde el mirador de su casa nos saludaba, y al sonreír se le surcaba la cara como a una concha de pan. Nos invitaba a pasar, pero ya íbamos encarrerados de vuelta al agua, gritando, como si nos viniera correteando la loca. Pero ella no venía, levantaba los binoculares que tenía descansando en su pecho. Nos veía por ahí, yéndonos; y nos despedía cariñosamente, en voz alta: "mis zanatitos, ...ya volverán".
Mas no era a nosotros a quienes ella miraba, como tampoco eran las aves, cuyos vuelos Biznaga perseguía.
El apellido de ellos no era Postigo, sino un complicado acomodo de caracteres cirílicos, que dejaron de usar apenas les trajeron sus papeles, que de tan apócrifos, hasta en el mercado los tomaban a broma. Habría bastado para cualquier ribereño escucharles decir un apellido europeo, distinto de los nuestros; mas los miembros de la familia Postigo no eran los únicos inmigrantes, y estos traían la suspicacia tan asentada en la personalidad, como aún alojaban al miedo. En pocos días, los vendedores de charales y de fruta regaron el chisme, que los nuevos eran de tal o de cual organización que no podían ni pronunciar, y mucho menos entender.
Rodrigo Postigo -como terminó llamándose el papá-, mandó construir la casa familiar en el estilo más típico del lago. Aunque luego quiso algo semejante a los patios que estaba construyendo Barragán en residencias de Chapala. Pero ya para entregarle su casa, pidió una torrecita, esbelta y que fuera afilándose; sería el mirador de aves. El resultado fue estético, aunque un tanto fuera de lugar. Igual como se veían ellos tratando de encajar. De la misma manera en que se vieron todos quienes estuvieron llegando por esos años, de europa y del norte de américa. Pajarillos de otras tierras, de cantos nuevos, con las cabezas peladas o ralas, amarillentas, rojas o blancas... atraídos por el agua dulce y por el sol.
Alguno de los inmigrantes suspicaces, de los pocos que habían llegado con lo que traían puesto, le halló semejanza a la torre con las de las iglesias luteranas del norte de europa; y se regaron más chismes, sospechas y tonterías. De poco sirvió que el niño varón de los Postigo fuera monaguillo dominical voluntario, y saludara a su familia en la mitad de la misa, con las mangas enormes volando, provocando las risas de la niña Biznaga; porque estuvieron siempre en primera fila, hasta el domingo en que después de la celebración, el muchacho se accidentó cayendo en el foso del campanario. Había más chicos alla arriba y sólo él quedó reducido en el suelo, como un pajarito rojo, víctima de un juego de niños.
La gente fue dura con ellos, aún después. Su madre, la única que volvió a aparecerse en la iglesia, se sentaba en su misma banca durante horas, las mañanas sin misa. La espiaban para chismear que oraba en nazi y que a ratos hacía como si conversara con su hijo. No hablaban alemán, siquiera, pero los Postigo eran inusualmente serios y ello despertaba temores. Se esmeraban en sonreír, pero les costaba hacerlo. El vulgo decía que se veían forzados, como cactos plantados en la arena del lago: secos y duros, rígidos. En los bailes de la plaza los sacaban a bailar nada más para reírse de ellos, porque se movían como si tuvieran espinas debajo de la ropa. Aunque la niña era distinta, hasta parecía prestada. Ella sí alzaba la voz, estallaba en carcajadas o se detenía a bailar en donde fuera. Quizá porque había llegado a México muy pequeña, o sería -como yo llegué a escuchar-, que la habían endulzado de a poco, desde afuera, como a una biznaga.
Era una muchachita cuando ya tenían que subirse a bajarla de las azoteas de los vecinos, porque siempre andaba trepada en los tejados, perseguiendo las aves que subían y bajaban a la laguna. Sus estropicios terminaban con ella escoltada por los afectados, en el porche de su casa; y estos no hallaban sus límites para cobrarle a su padre la reparación de los daños, con cargo a la supuesta fortuna que los Postigo habrían traído de algún remoto lugar en los Montes Urales.
Sólo el mirador de aves pudo contener la devoción de Biznaga por atisbar desde los techos vecinos; eso y la caída de Rodrigo, su hermano. A partir de entonces, sólo se interesó en observar cardenales. Los veía y el rostro se le llenaba de arrugas de llanto y risa. Les gritaba que cuándo iban a volver a verse, y aseguraba que habían quedado de encontrarse en la misa, como antes. Pero nunca quisieron llevarla. A cambio, le pintaron la casa de muchos colores, porque ella sostenía que eso atraía a las aves; y se quedaba de pie la mayor parte del día, observando con sus binoculares. Así la conocimos, veinte o treinta años después. Ella subida en la torre de su casita impecable y azuzándonos para echar carreras desde el lago.
Bernardo, Chuy y yo nos emocionábamos de verla animándonos, simulando tomar tiempo con un cronógrafo y siguiendo la carrera con ese par de prismáticos. Llegando a su casa aceleramos la marcha, queríamos impresionarla. Apuré el paso empleando mi energía del regreso; ellos harían lo mismo, porque empezaron a adelantarse. Nos sentíamos halagados de tener su atención, con ese fervor con que se entregaba a sus pájaros escarlata. Entonces la vi, mirándonos. Apretaba los puños. Su faz lejos de ser dulce, era diáfana y lejana. Su mueca angulosa y cristalizada me asustó. Me detuve en seco y grité que pararan. Quedé con un pie en el asfalto, aspirando el aire caliente del camión que había prendido al vuelo a los dos zanatitos; víctimas de un juego de niños.

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