Ramsés Figueroa
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A la vuelta de la esquina

Abro los ojos tras un efímero parpadeo y estoy sentado frente a un automóvil compacto. Instintivamente levanto la vista y encuentro la luz roja que justifica que tenga mi pie en el freno. ¿Mi pie, en el freno? ¡Yo venía caminando! Volteo a todos lados intentando orientarme, encontrar una referencia que me confirme que yo caminaba por Lorenzana hace un momento. Encuentro la calle que está justo frente a mis narices. Estoy sobre Lázaro Cárdenas, sentado en este automóvil, y no caminando hacia el sur, rumbo a la vidriería.

Extiendo mis dedos que están aferrados al volante. Mis manos son blancas, infinitamente blancas y tengo las uñas largas, muy largas y limpias. Levanto frente a mí mi mano izquierda; es delgada, pequeña y blanca. Tiene un anillo de oro con una piedrita... es un diamante. No entiendo nada, miro los asientos de atrás por el retrovisor y ahora a mi lado derecho, estoy solo, no comprendo lo qué está pasando. Me siento aprisionado, muy cerca del volante. Verifico de nuevo el semáforo, mientras busco con mi mano izquierda la palanca del asiento, la luz sigue en rojo. Aquí está la palanca, la muevo y recorro el asiento. Regreso la mano al volante y descubro mis piernas desnudas, cubiertas por una falda corta. No tengo vello, son blancas también.

Súbitamente se hiela mi cuerpo. Estoy asustado. Siento los ojos irritados. Me busco en el espejo y encuentro mi cuello blanco, largo y delgado. Una finísima cadena de oro brilla debajo de mi cabello lacio, largo y castaño; ¿largo y castaño? Ajusto el retrovisor, y hallo mis ojos llenos de maquillaje. ¡No son los míos!

Escucho un claxon y saco el pie del freno, acelero. De reojo miro a mi izquierda, un hombre que me es familiar: ¡Soy yo! Voy caminando al trabajo sin darme cuenta de lo que está ocurriendo. Necesito seguirme, ver qué pasa. El tráfico me impide cambiar de carril. Pido el paso y el carro que viene a mi izquierda acelera sin reparar, me rebasa. Llego a la avenida y sin ver quién viene al lado, doy el volantazo. Viene una Van, se amarra y pita; tomo el carril. Mis talones empiezan a bailar sobre los pedales; estoy espantado. Ahora siento pequeños calambres que bajan por mis pantorrillas. En la esquina viro a la izquierda, en sentido contrario, no viene carro. Uno de Vialidad me indica que me detenga. Acelero. Las manos me sudan. ¡Chingado! ¡Eso nunca me pasa a mí! Nada de esto me tiene que estar pasando. De seguro es un sueño.

Ya estoy en Lorenzana. Aminoro la velocidad y doy vuelta a la derecha. Pasa frente a mí un ruco de “tacuchito” que baja de su carro e intenta cruzar. No me detengo. Se echa para atrás y me grita.

—    ¡Pinches viejas!

—    ¡La tuya buey!

Sigo buscando de un lado a otro mi cuerpo. ¿Quién diablos va en mí? Un teléfono suena y mi mano autómata lo toma del asiento del copiloto y luego baja el volúmen al estéreo. No había notado la música “fresona”. Miro rápido la pantalla del celular que dice: “Gordito”. Oprimo no sé qué tecla y sin escuchar el saludo, le digo que yo lo llamaré en seguida. Cuelgo.

Este carrito automático no da para mucho. Reviso el tablero y apago el aire acondicionado, necesito velocidad. No se ve a nadie en la banqueta. No recuerdo por cuál acostumbro caminar, en realidad lo hago sin pensar. Cinco años de ir a la vidriera todas las mañanas, camino pensando en cualquier cosa. En la esquina me detengo, aquí siempre chocan. Yo he visto más de siete trancazos porque las viejas, siempre son viejas que no se fijan en la preferencia.

Me detengo, no se ve carro y arranco de nuevo. ¡La tienda! Siempre llego a esa tienda a comprar cigarros. Bajo un poco la velocidad y me asomo al interior, a ver si ahí estoy. No, ya he de haber salido. Arranco. Siento un golpe en el carro, seco, violento. Me detengo, mis manos están empapadas y siento un sudor helado que me recorre la espalda. No sé qué hacer. Me asomo por el cristal sin bajarlo y ahí estoy. Tendido, como muerto.

Salgo del carro y no alcanzo a equilibrarme entre el terror y los taconzotes que no domino. Me detengo en la puerta y siento un mareo terrible. Sale don Joaquín de la tienda. Me mira asombrado después de verme debajo del carro.

—    Váyase señorita. Yo no he visto nada.

Abro la puerta y subo de nuevo. La cierro, no puedo irme, no me puedo dejar ahí. La abro otra vez, salgo. Me agacho y tomo el cuerpo por la camisa, lo jalo hacia fuera del auto. Está pesadísimo, se me doblan las uñas, lo cojo de nuevo, atraviezan mi camisa roída. No puedo hacerlo, estoy temblando; me quito el cabello de la cara que se pega por el sudor.

—    ¡No puedo!

Don Joaquín se acerca y lo jala, me saca de ahí. Me abre la puerta del coche y tocando mi hombro me ordena que me vaya, que me voy a meter en problemas, y por un cuate así no vale la pena. Volteo a ver al infeliz a los ojos. ¿Y mi esposa, y mis hijos? ¿Qué nada vale la pena? Me le echo encima al viejo, al pendejo convenenciero a quien ya no le importan los Delicados y la Pepsi de todos los días. Se asusta, no entiende mi histeria. Ya nadie sabemos lo que está sucediendo.

El de tránsito llega corriendo. Nos separa. El teléfono suena de nuevo.

—    Señorita le hablan.

Lo tomo, de nuevo es Gabriel. ¿Quién es Gabriel? Contesto y mi llanto se hace más fuerte. Pregunta qué pasa. Me miro tirado con los ojos abiertos, muertos. En ellos encuentro una imagen, de mi camisa tendida en el burro de planchar, en la sala. Los niños corriendo porque se ha hecho tarde para ir a la escuela. Mi vieja, malhumorada pero buena, siempre buena. Gabriel, la cena de la noche, mis papás, la escuela, el examen de las diez, los preparativos de la boda.

—    ¡Gordito, atropellé a un señor! ¡Ayúdame por favor que ya se murió! Sí, sí, el agente lo acaba de revisar. Sí Gabriel, el coche está bien; pero no sé donde están los papeles del seguro. ¿Vienes? Chao.

"Abro la puerta y subo de nuevo. La cierro, no puedo irme, no me puedo dejar ahí. La abro otra vez, salgo."

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