Ramsés Figueroa
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Los herederos del mundo entero

El primero de enero en reunión familiar, mi padre anunció que estaba cansado. Toda su vida había trabajado para sus padres, su mujer y sus hijos; estaba harto de no volver a casa temprano, de hacer viajes, perder el domingo en transacciones. Ya no quería sentirse ajeno, ignorante de cuanto pasaba en casa. Resolvió cerrar el año tomando sus ganancias: vender la fábrica y comprar una finca en la playa, la que era tan buena inversión. Conmovidos, abrazamos al padre: mi madre, mis hermanos y yo. Hubo lágrimas y mucha comprensión.

No acudieron postores. Hacia marzo la fábrica seguía operando. Era absurdo cerrarla sin una oferta, perder la inversión y los años, el esfuerzo de toda una vida. Esperamos. Para junio las nuevas noticias borraron los planes de golpe. Papá tenía cáncer y menos de un año de vida. Al mes entendimos que menos, que menos de medio, que menos de medio partido al medio, aún menos. En treinta días, papá se fue.

Llegó la señora, la otra, con sus dos abogados, y un acta notariada que decía que había adquirido la fábrica, sesenta y seis por ciento de acciones, ¿vendidas a cómo?

— Hay cosas que se pagan con dolor y vergüenza, con hijos que dejan de ir a la escuela, porque son bastardos, porque su padre no los quiso ni ver. Sale caro –añadió –, ni una fábrica podría devolvértelo.

 

Mamá no fue al entierro, no quería encontrarse con esa mujer, enseñorándose del muerto, del dolor que era nuestro, no de ella, de los hermanos. El suyo, quizá diferente, también era pesar.

— Me duele el hombre que fue –se condolía mi madre –, destrozado en vida, que incluso ahora está donde no lo quieren. Quizá está donde debía estar, donde sintió que estuvo durante años. ¿Qué tiene de nuevo? ¿por qué me miran así, qué apenas lo han notado?

Su padre vivía muerto, desde hace años. Hace tiempo me advirtió que nos iba a dejar. Él no me quería, ni yo a él.

— ¿Por qué no te fuiste tú, mamá?

— Lo habría hecho, pero él se iba a ir.

— Pero no se fue.

— Pero no se fue.

En esa reunión no prevista, resolvimos que papá se quedó con nosotros porque no había razón para irse. Esta era su casa y la de mamá también. Entendimos que no se fue por que nos amaba y quería recuperarnos en la casa de la playa, la que adquiriríamos de todos modos, porque esa era su voluntad. Decidimos que para diciembre el resto de la fábrica estaría vendida, y nosotros muy lejos de aquí.

Con la casa y los muebles, se quedarían los malos recuerdos. Sorprendidos de nuestra entereza, nos conmovimos, nos abrazamos y nos perdonamos.

En octubre el balance reportó pérdidas, las decisiones de la nueva socia, nos habían llevado a la quiebra. Tomó sus cosas y se fue, no dijo adiós ni nada. Desmantelamos la fábrica y pusimos en venta las máquinas, los muebles, las cuentas por pagar y el terreno. Retiraron la oferta de la casa en la playa, aunque no era cierto, la seguían vendiendo. Todavía en noviembre la vi anunciada; sólo a nosotros no nos la venderían, a ningún hermano ni a mamá.

— Mire, le voy a explicar. Han venido todos sus hermanos a comprarla, nos han ofrecido el total de la venta de lo que fuera la fábrica. Algunos ofrecen su parte, otros la de dos o de tres, cada uno me cuenta su historia: que Miguel los está robando, que José ya vendió una parte y no la reporta. No quiero saber de ustedes, ni yo, ni nadie.

— Yo represento los intereses de todos, soy su abogado.

— ¿Lo trae por escrito?

— En reunión familiar se dijo así.

— Igual que todos. En reunión familiar se dijo que Claudia, que Mariano y Miguel, ¿ahora que usted?

A mediados de diciembre, a razón de uno o de dos, por día, avisaron que las fiestas las pasarían en otro lugar, fuera de aquí. Mamá no hizo cena, recibió las llamadas, agradeció las postales. No hubo abrazos, sólo distancia.

A finales del año, la tensión ya era insostenible: los recuerdos, los rencores; los gastos. Ya nada podía venderse, se debía el anuncio, la inmobiliaria había dejado de llamar, sólo el fisco quería encontrarnos. Se propuso una tregua, una última reunión, lo agendamos para el primero de enero.

Sentados en la mesa, reordenamos el programa, todo estaba mal planteado. Después de los saludos, sin abrir la puerta, entró papá. Con paso seguro se dirigió a su silla, la del mando, que ya estaba desocupada por terror a su fantasma. Sacó de su saco una pequeña libreta café. Sin anteojos ni tos, leyó en silencio un instante, la cerró y la puso en la mesa.

— ¡Un año exacto! Hace un año hablamos de amor, valores, de estar con ustedes, conmigo, de dejar esta casa, esta vida. ¿Qué hicieron con eso? Ni se muevan, no levanten el dedito que no he terminado. Un año les pedí, ¡tan sólo un año! Pues bien, he vuelto.

La fábrica está vendida. Yo lo tuve que hacer por ustedes, como siempre. Y no ha sido facil... meses negociando, de noche y de día: uno no descansa ni muerto. Entregué la fábrica, y la casa, y la de la playa también. No era nuestra, pero tuve que darla. Entregué a mamá, y a ti Claudia, y Mariano, y Miguel, y a todos.

A ti no – me aclaró–. Tú levantas las minutas, eres el escribano, aún eres útil aquí. Se acabó la reunión señores. ¡A volar! Cada uno se establece en una nación, yo los iré buscando. Y no se peleen por favor, los demonios no son hermanos.

Todos dejaron la casa volando, sin abrir ventanas ni puertas. Estupefacto, escribiendo la minuta, pormenorizándola, evitaba temblar o llorar. No pude mirar a papá, seguí escribiendo.

— Qué ironía. El único hijo abogado, y no pude venderte. Perdí las Antillas por eso, no pude comprar Portugal. Hasta en eso hay moral. Resulta que no eres pecado mío.

No me mires así, yo no lo sabía.

 

 

"A finales del año, la tensión ya era insostenible: los recuerdos, los rencores; los gastos. Ya nada podía venderse, se debía el anuncio, la inmobiliaria había dejado de llamar, sólo el fisco quería encontrarnos."

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