Ramsés Figueroa
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La bruja del mercado


Foto: www.fuertehoteles.com

Tenía el cabello largo, oscuro, claro, rubio, rojo, azul… corto. Entró al patio por la puerta sur y por la norte —llegó por todas— dijeron, —o quizá por ninguna—; podría haber estado ahí desde antes. Se acercó a un puesto y compró melones, sandías, manzanas, pepinos, fresas. Pagó con muchos billetes de colores y no quiso un sólo cargador que le ayudara a llevar la fruta. No tardó en acaparar la atención de los que estaban en el mercado, que lo veían cargar de a dos sandías entre sus brazos. Caminó al centro del patio, se agachó y ahí las puso.
En tu banco, con las manos apretadas entre tus piernas, conjurabas en voz baja sin darte cuenta. No como hacen las mujeres en el mercado, que nomás por diversión agitan los dedos y guiñan los ojos para tumbar a los cargadores cuando les dan la espalda: entonces la fruta y el grano ruedan en el patio, y en seguida las mentadas, las risas. Es costumbre que el cliente, sonriendo por fuera, ordene dejar una porción de fruta y de grano en el piso: —porque ya lo chupó el diablo—. Las mujeres riéndose, recogen todo y lo guardan en sus canastas, para venderlo de nuevo. Te esforzaste por ignorarlo, como él hacía con todos, mientras en silencio parecía calcular alguna cosa, y fijaba su mirada en un punto, suspendido en el aire muy cerca del piso. Tomó más frutas, las acomodó sobre las sandías, que poco a poco fueron formando un montículo frutal. La mole de colores te recordaba los techos de trapo amarrados a los portales del pueblo en domingo, a tus ocho años, cuando buscabas figuras entre las sombras, el sol y los tenderetes.
Las mujeres que tenían al hombre de espaldas, empezaron a agitar sus dedos. Los cargadores sonriendo, murmuraban que las brujas ya estaban conjurando, y se fueron acomodando en las escaleras del patio para ver en primera fila. El del pelo largo y corto, quitaba y ponía naranjas con una rapidez creciente, que paulatinamente fue superando a la vista. El suceso había llamando también la atención de los vendedores del lado de la calle, porque en el patio era ya un griterío de expectación, que resonaba hasta la puerta de la plaza municipal. El tumulto que desbordaba el mercado, guardaba cierto orden, una imaginaria linea circular que mantenía a todos a cierta distancia del montón de fruta apilada y la persona que decían había llegado por todas las entradas.
El administrador del mercado se abrió paso a empujones, seguido de dos golpeadores del ayuntamiento especializados en desactivar turbas. Identificaron con rapidez al reaccionario y siguiendo el perímetro imaginario llegaron hasta ponerse uno al frente, y otro a la espalda del hombre. El funcionario mientras, interrogaba a los vendedores que con cierto temor explicaban que las mujeres no habían podido tumbarlo, ni mover la fruta apilada: —Nomás mírelas licenciado—. Las brujas ya descompuestas en guiños, habían recurrido a voces guturales, gritos, y francas invocaciones; y nada. El apilador de fruta acomodaba las manzanas con una serenidad escalofriante.
Tu atracción hacia él crecía, la velocidad de sus manos, su concentración intensa, la indiferencia absoluta que te hacía sentir que sólo podría verte a ti. Seguías sentada, evitando darle importancia e intentando, al mismo tiempo ganar su atención. Conjurabas sin darte cuenta, porque no aprendiste a hacerlo, de quién, si la horfandad limita hasta para eso.
Las mujeres, primero una y luego otra, y al final todas, fueron sacando yerbas de los estantes de atrás de sus puestos, las agitaban sin importarles que las vieran maldecir, vociferar palabras inescritas que sólo se cuchichean al oído, a oscuras y con temor del enojo de Dios. La intensidad de emociones había paralizado a los hombres del administrador, que parecían querer morirse del miedo y al tacto buscaban un hueco entre la gente, para perderse y salir de ahí.
Mareada por la embriaguez del momento, te levantaste del banco, extendiste una mano en señal de silencio, y cruzaste el círculo sin la menor inhibición. El que llegó por ninguna de las puertas o que pudo estar ahí desde antes, encontró tu mirada en el aire, y te ofreció una manzana; la única fruta que le quedaba disponible. Le tomaste por la muñeca, la acercaste a ti y mordiste. Seguiste sus ojos que había devuelto al montón de frutas, y ahí te hallaste, reproducida, justo como habías estado sentada en tu banco. La gente del mercado enmudeció al verte dibujada en la fruta, con tu vestido naranja, con tus colores y sombras; esculpida, con el volúmen de cada uno de tus dedos y el exacto brillo de tus ojos, de la hechicera que conjura por vez primera, y por última. Le devuelves la manzana, la prueba y la tira en el piso. Él sonríe por fuera y ordena que esa porción de fruta y de grano se quedan ahí, porque las ha chupado el diablo. Te toma del brazo y salen del pueblo por todos lados y por ninguno, primero tú y luego él, los dos al mismo tiempo; ahora y nunca.

"Él sonríe por fuera y ordena que esa porción de fruta y de grano se quedan ahí, porque las ha chupado el diablo. "

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