Ramsés Figueroa
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En cámara lenta

En cámara lenta se ve cómo jalas una palanca, que debe moverse al punto más vertical, antes que la goma de la máquina que troquela baje hasta los 14 grados; y entonces, una vez arriba, la palanca desciende lentamente y tus dedos nerviosos se mueven de un lado a otro del botón. A pesar de usarlo 730 veces al día, aún te pone de nervios hacerlo antes o después de tiempo. El sensor de radiaciones podría detectar el calor que se libera antes, o el exceso de frío que emerge después y podría recibir una señal errónea de temperatura. Entonces, la corriente pasaría en menor cantidad y los diodos, que son muy sofisticados pero sensibles, saltarían por el aire.

Recuerdas que no has puesto la perilla en el punto 16, sino que sigue en el 23, como ayer que el proceso era inverso y potenciado en baja temperatura. Con tu pie izquierdo arrancas por el talón tu sandalia del derecho; rápidamente, aunque aún en cámara lenta, te sostienes sobre tu pierna izquierda. Bajas tu cuerpo completamente como una bailarina; y posicionas tu dedo gordo del pie desnudo sobre el botón. Mientras con tus dedos de la mano, buscas en el piso la perilla.

Todo está oscuro y no puedes ver nada, trabajas al tacto. No es tan difícil. Cuando el sistema era neumático lo hacías con guantes y tu sensibilidad en las manos era nula. Aprendiste a hacerlo con el oído. Encuentras la perilla: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete lugares. Has sentido como la perilla gira siete lugares, ahora está en dieciséis. Escuchas la señal, la coraza de metal empieza a sonar, oprimes el botón con tu pie. Regresas cadenciosamente a tu posición original. Debes hacerlo con rapidez antes que debas oprimir el botón de nuevo, pero te mueves en cámara lenta. En caso de no alcanzar, lo harías con el pie de nuevo.

Esta parte del proceso es agradable, te recuerda la danza, cómo te gustaba la danza antes de entrar a la estación submarina de fundición. Imaginas tu cuerpo moviéndose cadencioso en la oscuridad. En realidad es un trabajo cómodo; te deja tiempo para pensar, para sentir tu cuerpo moverse como una máquina, mientras tu mente viaja. El cosquilleo de tu falda que se sube al hacer la maniobra, te pone el cuero chinito; esa sensación es la mejor de todas.

El supervisor que ha venido de la superficie, recuerdas, no se ha ido. Estará frente a ti; no lo sabes, el ruido de la maquinaria te impide escuchar. Aún reincorporándote no podrías saberlo, la oscuridad es total. La luz de los indicadores del panel de controles no podría regresarte una imagen del otro extremo, pero él si te vería, su equipo antioscuridad le permite verlo todo con acercamientos de 300 ó hasta 400X, con una nitidez tan real, como si fuera de día. Él habría dicho que querría supervisar tus procesos.

Tu movimiento no termina, sigues con el tronco a 45 grados, en una horizontal total, tu pierna que vigila el botón está a la misma altura, justo para revelar toda tu intimidad. Él estará perdido viéndote, analizando tus musculos que se tensan para volverte a poner de pie; y ahora más tensos por el nerviosismo, por el pudor. No deberías sentirlo, se supone que eres profesional, un máquina que no te importa nada sino el fundido submarino. No podrías dejar de moverte sólo porque alguien que está ahí y es el jefe, te está mirando depravadamante.

Este proceso de ponerte en posición de bailarina tú lo has inventado, lo cuestionaron tanto en su momento, que debiste ponerlo en práctica un mil veces. Entonces llevabas el pants institucional. A golpe de estar sola en el batiscafo optaste por entrar de falda y huaraches, No podías perder tu esencia, tu feminidad, aún en el fondo del oceano Ártico, aunque ahora te ha puesto en un aprieto. Te incorporas, suena la señal y oprimes el botón con la mano.

Todo sigue en cámara lenta, es muy extraño. Enciendes la lámpara de emergencia; no hay nadie. El supervisor no está mirándote. Suspiras, apagas la luz, caminas tres pasos a tientas y decansas.

No percibes si la cámara lenta sigue o si te ha entrado el sueño, ese sueño pesado que sentiste antes de despertar en la mañana. Empieza a vencerte, recuerdas la cara del jefe, un hombre apuesto enfundado en su traje de hombre rana, de buzo supervisor que salió de la nave para verificar las uniones de silicón. Recuerdas a tu madre, recuerdas a... Lo recuerdas, lo recuerdas diciendo que quería algo más, algo serio. El batiscafo – le advertiste orgullosa–, esa nave es mi vida; el fundido submarino, es parte de mí. Y ya no llamó de nuevo. Ahora recuerdas la perilla, no fueron siete golpes los que giró; sino seis, quedó en diecisiete. El gas de las válvulas de anticongelación ha entrado por las compuertas A y B. Te estás ahogando, por eso la cámara lenta, tu cerebro ya ha perdido la noción. Qué hacer, qué hacer... Piensa.

No es posible, diste los siete golpe,; además la cámara lenta está desde el inicio. ¿Qué pasa entonces, por qué la cámara lenta? Si no es el gas... ¡Piensa, piensa!

Recuerdas más imagenes, tu lápiz. Recuerdas tu mano que llevaba el lápiz a tu boca, tenías once años. Recuerdas al jefe, tomándote de la cintura. A ti te gusta, sí, pero no querías besarlo; es contra el manual. Forcejeraron, pero eso no aquí, fue en tu camarote. Lo golpeaste en la cara, él sencillamente te devolvió el cariño. Pero con esa mano pesada, con esa mano mitad de hierro, y con esa otra mitad amputada de un mal proceso en el batiscafo 19B23. Fue en el `84.

La cámara lenta, tu cuerpo al revés, tu cabeza que voltea de nuevo al frente, el supervisor que sale de tu camarote, y después la sangre que tapa la visión. Su olor, a óxido, a desesperación. Tus movimientos en cámara lenta... y cada vez más lenta. Los recuerdos, el recuerdo de hoy, que bajabas a tu área de operación. La sensación de tu falda, la exitación repentina en tu cuerpo: son recuerdos.

La cámara lenta, la luz. Nada


Imagen: www.comentaomuere.com

"...recuerdas la perilla, no fueron siete golpes los que giró; sino seis, quedó en diecisiete. El gas de las válvulas de anticongelación ha entrado por las compuertas A y B. Te estás ahogando..."

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