Ramsés Figueroa
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Inmersión

La luna acusaba que no era siquiera la media noche; y él, fatigado, seguía braceando para alcanzar la orilla. En semejante soledad no había modo de pedir ayuda. La única posibilidad era mantenerse a flote hasta la luz del día siguiente, aguantar el frío, y pensar en algo para no quedarse dormido.


El equipo de rescate no vino inmediatamente por la mañana. Pasaba el mediodía cuando la administración del hotel envió a un vigilante a inspeccionar. Éste halló al hombre ya sin vida, y con esa inquietante expresión semisonriente con que los ahogados reciben a quienes llegan tarde al auxilio.


Sin credenciales en su cartera, ni fotos, los investigadores observaron que el hombre no tenía señas particulares. No había manchas en el iris de sus ojos, tampoco huellas dactilares. —En su desesperación, ha de haber agotado hasta el último recuerdo—. Dicho esto, el comandante se hizo a un lado para dejar pasar a los forenses, sin quitarle la vista al cuerpo que aún flotaba, empequeñecido en la enormidad de la cama.

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