Ramsés Figueroa
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Sensación de vértigo cayendo en tierra firme

Elio llamó la atención de quienes estuvimos en las puertas 14 y 15 el día que lo expulsaron del país. Esposado y con su escolta de cuatro agentes vestidos de traje gris, parecía una celebridad sacada de un bar de Londres. Apenas llegó y ya había disipado el ambiente de molestia por tan prolongado retraso. En cambio, en una secuencia sutil, la gente se fue apretujando en torno al pequeño y pedestre convoy como una flor nocturna que se cierra coreográficamente.

No era un hombre inocente, reconocía ser el autor de la masacre aquella noche del Domingo de ramos: —pero no ha sido por dinero ni fanatismo; no es la primera vez, como tampoco me interesa derrocar a nadie—. Por el motivo que fuera, Elio sería ejecutado de algún modo, apenas llegara a su patria. El gobierno estaba advertido del efecto que éste causaba frente a una cámara de televisión; que en palabras de Monseñor, debilitaba la resistencia carnal del rebaño con la destreza de un Maléfico.

No fue casual mi sensación de vértigo mientras duró la espera. Cuando llamaron a abordar a los pasajeros de la sala 15, quise irme en su vuelo; cambiar mi destino. Elio se levantó entre una ovación de mujeres y hombres, de civiles y guardias; que ya en el aire le habrán liberado. Desde su asiento en la fila 28, Elio se ocupó de cada pasajero con la prestitud de una sobrecargo experimentada. En la cabina de vuelo dijo algunas palabras que habrán quedado registradas segundos antes del desplome del avión, que al perderse del radar, todavía tintineaba en la agenda de algunos noticieros. Luego no se dijo nada, ni siquiera se calló.

"...estaba advertido del efecto que éste causaba frente a una cámara de televisión; que en palabras de Monseñor, debilitaba la resistencia carnal del rebaño con la destreza de un Maléfico."

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