Ramsés Figueroa
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Los reyes de la primavera

La curiosa redondez de Canica, a sus cinco años, seducía a las maestras del colegio, a las mamás, y al fotógrafo contratado para llevar el anuario. Todos querían abrazarlo, y él, prodigaba abrazos y besos con naturalidad porque era muy carismático. Quizá por su aspecto, era muy inocente. Su baja estatura y los plieguecitos de gordura en las piernas imponían tratarlo como a un bebé, y dieron para proponerlo y votarlo unánimemente como chambelán de la Reina de la Primavera. Miguel Beltrán, que era otro niño del salón, resolvió aprovechar la ceremonia para bautizarlo, y ahora llamarlo “Tohuí”, como el panda que acababa de nacer en el zoológico de la Ciudad de México. Él era un año mayor, hijo único y mucho más despierto que todos nosotros, y habría aceptado con gusto ser chambelán. Tenía rayado el cuaderno de cuadrícula con dibujos de la futura reina, y a pesar de creer tener derecho al encargo, no llegó a postularse; y nadie sugirió su nombre.

A mí me pareció que “canica” era mejor apodo, por lo menos me resultaba cómico. Así le decían al peón de albañil que trabajaba de planta en mi casa, un hombre gordo y borracho que servía de ejemplo para ponernos a estudiar, y que mi mamá empleaba a menudo para hacer comparaciones cuando papá llegaba al día siguiente, sólo puntual para llevarnos al colegio; y que siempre daba origen a horribles pleitos de gritos y acusaciones. Miguel, Hugo y los otros estuvieron de acuerdo con mi propuesta; y en general con la idea de la ceremonia bautizmal dentro de la celebración de la primavera.

Todo esto influyó en la coronación de la Reina. Un día antes, Miguel le dio una canica roja a Canica para que la llevara en la panza, clavada en el ombligo, porque así —le dijo— la llevan los príncipes, los que acompañan a las reinas en los festejos; y la muestran a la gente durante el paseillo.

Ya en el evento, Canica temblaba de nervios antes de subir a la tarima. La maestra Jubi no les previno que el colegio estaría atestado de gente, y que tendría que llevar de la mano a la Reina. Yo estaba cerca de ahí, porque a mí me tocó recordarle el asunto de la canica en la panza. Mientras Miguel y los demás esperarían entre el público para culminar la broma con una explosión de carcajadas por la canica que Canica llevaba clavada.

Empezando la marcha de Aída, la futura reina soltó a Canica, y engreidamente, se opuso al rito de soportar la mano sudada de su chambelán durante toda la tarde. Entre las explicaciones de las maestras, los regaños de la mamá de la niña, y en general por la obstinación de todos, la entrada triunfal llegó sola a su clímax y hubo necesidad de reembobinar la cinta para ponerla de nuevo. Mientras, en voz baja, Canica me confesó que no sabía si podría llevar la canica en la panza: debía caminar derecho, pero siguiendo la línea de tiza marcada; hacerlo despacio, sin dejar que la reina se adelantara; llevarla de la mano, a pesar de lo que ahora ocurría; y tenía, además, que hacer todo sumiendo la panza. ¡A Canica le costaba trabajo llevar su gordura! No me atreví a cumplir mi misión; y él, al parecer llevaría la canica paseándola entre sus dedos.

Miguel ideó un plan alterno por si el primero no daba resultado, pero más que broma era un atentado de francotiro. Todos llevábamos dos canicas que servirían de proyectiles. Hugo y yo, desde el principio, coincidimos que eso ya era demasiado, pero no nos poníamos de acuerdo en quién debía de decírselo a Miguel; aunque más bien, Hugo desde el principio dijo que él no lo haría: —Yo no le voy a decir que no. Acuérdate de la golpiza que te puso el año pasado—. No había sido propiamente una golpiza y tampoco era para tanto; pero sí me acordaba, y me revolvía el estómago saber que los demás lo tenían presente también. Después de no llegar a nada con Hugo, fui a tomar impresiones con cada uno de los implicados. Todos estaban ya en sus puestos, nerviosos, golpeteando las canicas en sus bolsillos del pantalón; y salían con la misma historia: ninguno quería llevar a cabo el plan, pero no se atrevían a enfrentar a Miguel. Confiaban que José Manuel, futuro canica, exhibiría la canica, y con ello sólo habría que echarse a reír.

Cuando volví a mi puesto, junto a la casi reina y su chambelán, Miguel me estaba esperando. Ya sabía de mi intención de sabotear su plan, y me acusó de traidor. Me amenazó con otra paliza si no hacía que Canica mostrara la canica en el ombligo. Para entonces, la niña había negociado algo con su mamá para llevar de la mano a su acompañante, y la marcha de Aída empezó a tocar de nuevo. La gente aplaudía y vitoreaba con más euforia que la primera vez. Apenas escuché al chambelán que me llamaba con grititos más bien susurrados. Había perdido la canica que Miguel le dio, se trajo una de su casa pero era transparente y no se vería. Saqué las que traía yo, una roja y una verde. Le di la primera sin decirle nada. Había decidido desertar del bautizo, pero lo mejor para todos sería que la exhibiera. José Manuel estaba muy nervioso, pálido. La niña le recriminaba su mano sudada, aunque él la secara contra su esmoquin cada minuto.

La maestra Jubi palmeando sus compases de a cuatro, ordenó el inicio del paseillo, y la próxima reina y su chamblelán, canica en mano, dieron inicio a la celebración. Desde abajo de la tarima, la maestra siguió coordinando el desfile con sus palmas, mientras se abría paso entre la gente. Una mamá subió el escalón de la tarima donde yo estaba, y enseguida se subió una muchacha y luego otra mamá hasta que ya no cupimos, y terminaron bajándome; no tenía visibilidad. Busqué entre la gente a Miguel, pero era imposible distinguirlo, busqué a Hugo y a los demás. Intenté abrirme paso entre la gente fingiendo autoridad como hacían las maestras, pero no lo logré. De súbito, escuché un grito estrepitoso y en coro: un “Ahhhh” masivo, como un gol fallado en el futbol. Algo había sucedido, pero no alcanzaba a ver nada. Ahora sí me colé entre la gente a empujones, aventaba las nalgas que se me embarraban en la cara y esquivé caderazos, pero sólo alcancé a ver la canica roja rodando por la tarima. No hubo las risas acordadas, ni el coro “canica, canica”.

La directora me tomó con rabia por el brazo, y me exigió que sacara lo que trajera en los bolsillos. Sólo me quedaba la canica verde. La saqué y me la arrebató. Me arrastró entre la gente hasta la dirección y ahí me enteré que Miguel nos había acusado a Hugo y a mí. Quitaron la marcha para vocear a algún papá que fuera médico, había que revisar al chambelán que parecía haberse desmayado del canicazo. Al entrar, vi a Canica tendido en un sillón de la dirección y una turba de maestras incrédulas, furiosas, y con intenciones serias de querer cobrarse la afrenta en mi persona. Cuando llegó el médico nos sacaron a todos de allí, y en la sala contigua, sentado, como un prisionero, empecé a llorar.

Una maestra que yo no conocía, se acercó. No estaba enojada, o no como las demás que desfilaban saliendo y entrando de la sala contigua, llevando al extremo su coraje y sus nervios. —Están exagerando—, pensaba yo; —y más van a exagerar cuando sepan que me han inculpado injustamente—. Quizá por eso me puse a llorar, no por el miedo. No sé si lo pensé así, pero estaba en posición de recrudecer la escena; sencillamente, de exagerar. Y lloré lo más fuerte que pude para sacar a la maestra de su tranquilidad; para desfilar, igual que ellas, como el doctor, que había emergido triunfal entre la multitud; o la mamá de la reina, que como un infante más, lloraba sin consuelo en la sala: su coronación parecía tambalearse. Canica, saliendo de su inconsciencia, dominaba sin lugar a dudas el protagonismo.

La maestra Jubi, quien hizo la detención de Hugo, al desfilar en la sala mostró las dos canicas que éste traía en su bolsillo. Le preguntó, enfrente de todos, lo que ya había escuchado: —¿cuántas canicas debía traer cada uno?—.

—Dos—.

—¿Y por qué tenían que aventárselas a José Manuel?

Mis papás habían entrado a la sala, como queriendo hacerse invisibles. Escucharon el interrogatorio, y Hugo explicó el asunto del bautizo, el apodo, que la idea había sido de Miguel y no mía, pero que a mí se me había ocurrido ponerle “Canica”, porque así le decía mi papá al albañil de la casa. Me vino la imagen de mi padre llamando al canica original desde el comedor, las instrucciones, el "sí, señor". Luego a mi madre exigiendo en voz baja que no lo llamara así, que no fuera tan desgraciado. Y así me sentí yo: desgraciado, culpable. Se apoderó mí una confusión que me hizo llorar de adeveras. Bajé la vista para no toparme con la mirada de mi mamá.

Otra maestra llegó con un puño de proyectiles que halló en el bote de la basura: había más implicados. Nos hicieron acusarlos a todos, y poco a poco los fueron trayendo a rastras, llorando y acusando a Miguel.

Las pesquisas, no obstante, pasaron a segundo término, como también sucedió con el doctor y su anuncio de que no hubo atentado, que Canica se había desmayado porque le bajó la presión, quizá los nervios o el pantalón tan inhumanamente ajustado.

Mis papás se llevaron la nota ese año, muy por encima de la Fiesta de la primavera, que se reanudó la semana siguiente sin emociones ni incidentes. Yo no asistí porque terminaron sacándome del colegio, no expulsado como Miguel. Durante mi llanto legítimo, mis padres salieron de la sala contigua. Otra vez no vi nada, pero afuera de la sala mi papá se lio a puñetazos con otro señor. Otro ansioso por figurar en el desfile; se le puso de frente y le dijo que era su culpa, de él y de mi madre. Para el señor, que además de papá de una de las princesas era vecino nuestro —vivían en la cuadra—, yo era inocente; una víctima incluso. Según él, en la colonia todos estaban al tanto de las borracheras de mi papá, de sus ausencias; y decían saber también de las medidas de despecho que habría tomado mi mamá. Especulaban que yo era hijo del albañil, de Canica; y que eso habría impulsado a cualquiera a actuar con rencor contra la sociedad. Creo que ahí empezaron los golpes.

 

La casa quedó inconclusa, mis papás se separaron y nos fuimos a vivir con mi abuela. Cuando volví a ver a Canica en la calle, diez años después, no se acordaba de mí; no me reconoció. Él estaba igualito, tan gracioso y carismático; yo no, ¡había engordado tanto!

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