Ramsés Figueroa
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Serenata para un cuarto menguante

No sé qué le habrá sucedido, pero era evidente que no quería despertarse. Un señor muy callado, yo no recuerdo haberlo oído hablar. No daba problemas, por el contrario, era entretenido verlo con los ojos saltones de tanto observar, El menor detalle parecía quedársele grabado en la cabeza y construía imágenes de lo que fuera, de torres, árboles, estacionómetros. Una noche, ya acabándose, nos acercamos a él un compañero y yo para pedirle que se fuera porque ya era de día y no podía seguir aquí. Nos vio como si le habláramos en otra lengua. Le explicamos de diferentes maneras pero ahí se quedó, no grosero; realmente parecía no entendernos.

Luego vino el cambio de turno, nosotros íbamos saliendo y los muchachos llegando, y nadie se dio cuenta de lo que pasó en realidad. Simplemente cuando llegué a la noche siguiente, me dijeron que el señor ya no estaba.

Pasó un mes, no... ¡mucho más! No sé cuánto, pero alguien dijo un día: -¿No es extraño que el señor ese, el muy callado, no haya vuelto? ¿Y que todas las imágenes que hizo, ahí sigan?- Entonces nos empezamos a fijar. Nadie viene a este sueño pero la ventanita sigue abierta, y crece todas las noches como si hubiera alguien creando más y más imágenes. Vino Bártulo el agente especial a inspeccionar, y determinó que el hombre nunca abandonó el sueño, sigue ahí, oculto en alguna parte. No es la primera vez que esto ocurre, hay gente que intenta quedarse aquí porque no puede afrontar su realidad. Bártulo quien es especialista en encontrar inmigrantes, anotó en la pizarra el tiempo estimado para hallar al señor: dos jornadas. Es decir, unas cuatro noches -las que transcurrirían fuera de aquí, claro-.
Incrédula de cuanto había escuchado, Lucía permaneció en silencio, esperando que el chaparrito prosiguiera la historia y le hiciera saber de una vez, qué estaba haciendo ahí cuando debían ser más de las dos de la mañana.
- Señora mía, no tema por sus horas de sueño, está usted dormida.
- Estimado señor, podría coincidir con usted, pero yo jamás sueño.
El chaparrito le dio la razón, no la había visto antes por ahí. Le confesó que su presencia era de lo más relevante para resolver el problema que se había tornado ya en crisis. El agente Bártulo había emprendido su misión llevando en el cuello una corbata del inmigrante. Esa clase de artículos solían ser la herramienta más efectiva para devolver "el aquí y el ahora" a los evasivos. Sin embargo, al terminar la primera jornada, regresó muy preocupado. Había hallado vestigios de malonilurea -barbitúricos-, y la complejidad del sueño del hombre era tal, que pudo censar a más de doscientos seres viviendo en el sueño: grillos, ranas, chicharras, luciérnagas ruidosas y una enorme variedad de especies no conocidas. El agente especial previó que el caso era de lo más delicado, y modificó el tiempo estimado para resolverlo a un inédito: diagnóstico reservado.
-Al ingresar en la ventanita de nuevo, nos dimos cuenta que llevaba fajada una pistola. -El inmigrante al parecer anda armado-, nos dijo. -Parece que éste es más peligroso de lo que hemos pensado-. Bártulo, el agente, sonrió minimizando lo que acababa de revelar, se internó y no ha sido visto desde entonces. El motivo de su presencia aquí, señora mía, obedece precisamente a su naturaleza realista y que mantiene su conciencia disciplinada, casi religiosamente. Necesitamos que traiga a nuestro agente especial de regreso. Usted podrá reconocerlo, dado que Bártulo es su marido.
En silencio, Lucía pensó que todo eso era un disparate. Javier ni en sueños podría ser Bártulo. Cómo, si él vivía en la luna, creía en los detalles, incluso en Dios. Por las mañanas de domingo, cuando no había cirugía, fabricaba pequeñas ciudades con los hot cakes y podría morirse del gusto de escucharla decir que estaba embarazada.
Sin tomarle protesta, una corriente de aire la arrastró del camisón y la puso oficialmente dentro del caso. Estaba volando en su primer sueño. Disfrutaba poder ver la ciudad pasándole por debajo sin temor de caer, y luego el campo con sus olores y ruidos. Por momentos se aquietaba un poco su alrededor y alcanzaba a escuchar el zumbido de sus alas, rebotando en las nubes. Hubiera querido mirarse desde fuera, vanidosa apreciar su cintura y el abdomen donde llevaba guardado un laír. Sentía el impulso de sacarlo y tocar una melodía que de repente pasaba por su cabeza. -La memoria en los sueños confunde. ¿Qué canción podría tocar con un instrumento que nunca había visto? Lucía no sabía de música, ni de cargar nada en su vientre; eso lo sabíamos de sobra-.

La viajera descendió al llegar a un estanque, al tiempo que aseguraba el laír para no irlo a perder. Sobre su cabeza encontró a la luna, diminuta, menguando más de lo normal. Alrededor suyo había serenateros volando, algunos discretos y otros con sus cuerpos iluminadores, brillantes. Eran músicos como ella, que cantaban de noche. Recogió las enaguas de su ropa de dormir, extendió sus seis largas patas desnudas y distribuyendo su peso en el agua quedó flotando. Sentía movimientos debajo de sí, sonidos de órmeres que emergían, o que en su inmersión chapoteaban sus colas muy cerca de donde estaba. Los ruidos se intensificaban y temía ser devorada por alguna criatura o encontrarse con el hombre callado que al parecer andaba armado. Preparó las alas para escapar, y a la primera vibración se elevó lo más rápido que pudo. El laír se desprendió de su abdomen, lo sintió haciéndole falta. Regresó por él en picada, apurando el descenso, forzándose; mas no llegó a tiempo y terminó zambulléndose en la helada oscuridad del estanque. El temblor se extiendía a todo tu cuerpo, las alas retenían el agua y no podía hacerlas volar ni emerger.
Entre el agua revuelta y el manoteo, Lucía escuchó la voz del chaparrito, explicando impaciente que no estaba corriendo ningún peligro. -Todo es un sueño, y usted señora mía, está dejándose llevar peligrosamente. Al final, nadie resulta ser quien cree. No vino a este sitio a experimentar la maternidad-. La imagen del laír tirado en el agua la había dejado turbada, y él lo sabía. Se impulsó a la superficie, sacó la cabeza del agua, y al tomar aire encontró flotando el instrumento intacto. Le tomó algunos segundos enterarse que estaba dentro de una taza de té, que sostenía al equilibrio una ormer adulta con su cuerno chato.
-No tengas miedo. Tú y tu laír son amargos y son sólo el medio, no música-.
La voz subacuática inspiró la confianza de Lucía, la ormer inclinó la taza permitiéndole alcanzar la orilla, tomó el laír y se puso de pie en el borde. La ormer cuidadosamente, colocó la taza en el agua con sus pequeñas aletas frontales, salió a la superficie y se quedó contemplando a la viajera, le despertaba curiosidad su imagen de ápata en camisón y parada en la cubierta de tan improvisado barco. La profunda azulidad de la ormer devolvió a Lucía una tristeza lejana que no podía explicar, y me indujo un raro estremecimiento que recorrió mi espalda.

La ormer ofreció té a la viajera, era la primera vez que la veía ahí y le extrañaba que no hubiera sido interrogada por Bártulo, como la mayoría de los seres que habitaban el sueño. El hombre que éste buscaba, no tenía aspecto de ser de cuidado -según la ormer-, pero era muy misterioso, no se le veía mucho y jamás hablaba con nadie. No tenía una residencia fija. Quienes lo habían visto, aseguraban que utilizaba su imaginación para crear seres y objetos, y más de uno declaró al agente especial haberlo visto producir utensilios punzocortantes, herramientas minúsculas y otros objetos metálicos que inspiraban temor en los habitantes. No había evidencias, porque apenas los tenía en sus manos, los hacía desaparecer del mismo modo como habían sido traídos.

Aparecieron más tazas sobre el agua. Las demás órmeres se habían acercado para escuchar la conversación y completaban detalles que se le escapaban a la primera. Sacaban sus tazas para captar voces que caían del cielo, notas débiles o acordes menores que disolvían como cubitos de azúcar; así se mantenían dormidas y distribuían sus bebidas entre los demás habitantes del estanque. Aunque últimamente, con la luna en ese estado no había mucho con qué endulzar, caían más músicos que notas. El té, según había apreciado Bártulo, tendría que ser ilegal de algún modo, no le parecía adecuado que estuvieran durmiendo a quien se les pusiera enfrente. Mas les permitió seguirlo haciendo, a cambio de mantenerlo informado de cuanto ocurriera en el lugar.

Por lo anterior, Lucía asumió que Bártulo no tardaría en llegar; ya estaría avisado de su presencia. Le llamaba la atención cómo la alarma se había extendido en el estanque. Los habitantes perdían musicalidad porque temían que la presencia de los utensilios tuviera alguna consecuencia desafortunada, o que fuera el inicio de algo. El agente diseminaba la alerta, previendo que ello sacaría al hombre de su escondite. Esas armas -sostenía- eran registros de la memoria inmediata de una mente peligrosa, las reproducía de manera inconsciente; y su presencia en el sueño, indudablemente era una manera de mantenerse oculto. Algo había hecho, algún crímen había cometido y quizá más de uno.

No le costó trabajo a la ápata imaginar a su marido, montando operativos para hallar al inmigrante en cada insecto que se precipitaba en el agua, espiando lo que pudiera moverse, sospechando. La imagen le evocaba a Javier revisando su diario, el calendario, preguntando cada semana si ya se sentía encinta; y después una media hora de disculpas y lágrimas, porque no quería presionarla. La amargura que había percibido la ormer era real, Lucía la llevaba como un equipaje invisible aún para ella.

Bártulo cayó en el interior de la taza sin emitir algún silbido. Chapoteaba. -¿Javier?- Lucía se agachó, le extendió un brazo y lo ayudó a abordar. Quedó tendido en la cubierta, las maniobras de descenso lo habían mareado. Se frotaba los ojos y agitaba las manos como queriendo decir algo y no pudiendo, como si con el mareo se le hubieran regado las palabras en la cabeza y no acertara con una que realmente quisiera decir.

- ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Cómo que eres agente migratorio, qué payasada es esa?

El agente especial se incorporó quedando sentado enfrente de ella, ignoró las preguntas y sacó su pistola. Las órmeres asustadas se sumergieron, dejando sus tazas alrededor de ellos; porque ahí seguían, escuchando lo que luego contarían a quien quisiera o no enterarse. Bártulo había perdido color, aún estaba mareado. Temía haber tragado té. Con una seña le exigió a Lucía una prudente distancia entre ambos. Ella espantada, se quedó inmóvil observándolo introducirse la mano en la boca para provocarse el vómito, pero no logró deponer.

- Espero no haya tomado de este té, es un somnífero muy poderoso. La haría dormir otra vez y tendríamos menos certeza de si realmente soy yo o si de verdad es usted-.

Lucía no reconocía en Bártulo a su marido, no era tan oscura la noche para equivocarse, éste tenía una voz muy distinta.

- Baje su arma agente. No voy a hacer nada-.

En respuesta, Bártulo mostró la corbata que llevaba puesta, la acercó amenazante con una expresión exorcista. No era Javier, definitivamente, pero esa corbata era suya o muy similar a la que ella había acomodado en su perchero antes de irse a dormir. Era la que se pondría mañana, con el traje azul marino nuevo, porque no iría al hospital sino al juzgado. La expresión de sorpresa de Lucía indicó al agente que la investigación seguía el curso correcto. Le quitó la corbata de enfrente y la guardó en su bolsillo como evidencia. Bajó la pistola también y sin quitarle los ojos de encima, llamó a las órmeres para que remolcaran la taza hasta el umbral del sueño.

Las órmeres cuchicheaban entre sí, opinaban que debían retrasar el viaje un par de horas, porque empezaría la serenata de un momento a otro. El agente especial molesto, mostró su identificación y los galones de su cargo, exigiendo obediencia. En el acto se formó un convoy de órmeres y tazas que a la distancia podría verse solemne, como un desfile. Lucía desconcertada, se sentó en el borde de la cubierta. No conocía al agente Bártulo ni él a ella, no la tranquilizaba saber que venían de regreso del sueño, ignorando dónde estaría Javier. -Yo hubiera querido estar ahí; no fue cobardía, para entonces ya me había entregado al chaparrito a quien yo sólo podía ver enorme-.

Lucía se frotaba sus brazos cruzados, temblaba, intentaba entender lo que ocurría; confirmar si Javier era el inmigrante, y por qué se decía que era peligroso. El agente Bártulo hábilmente aprovechó su aturdimiento para interrogarla, mientras ella, desarmada, respondía casi inconsciente observando las imágenes en el cielo, los siameses que tocaban guitarra pendiendo de un columpio y asemejando a mis padres con su voz unánime y la distancia de siempre. La melodía llegaba hasta ella, la misma que había estado evocando. Luego vio la pianola de mi abuelo, los insectos que seguían la procesión tocando sus morisías y otros instrumentos sin nombre; reconocía mis recuerdos en cada imagen.

La serenata empezó y la luna menguando, aún era hermosa. Bártulo tenía la certeza de haber apresado a la esposa del evadido. Tomaba nota de cada detalle, de la corbata, los nombres completos de las órmeres, porque Lucía podía reconocer en ellos al equipo de anestesiólogos del hospital. No había cirujanos en el sueño, sólo yo, que junto al chaparrito los esperábamos en la orilla, en el umbral. Cuando llegaron y empezaron a desembarcar, quedé frente a frente con el agente Bártulo; era el ingeniero Solana, y yo el médico que perdió a su mujer en el quirófano. Me puso el arma en la sien. No podía acusarme por la evasión, era claro que él también lo había estando intentando; entonces me dijo asesino. ¿Qué perderíamos o que podríamos ganar si me mataba, ahí en el sueño? La luna seguía menguando con serenata o sin ella, no había esperanza. Necesitaba que hiciera el disparo, pero al mismo tiempo quería abrazar a mi mujer, que oprimía el laír con todas sus fuerzas.

- Así desperté ingeniero. No es que no quisiera venir al juzgado, pero el procedimiento es tan largo. Es apenas la segunda audiencia; y ahí ya estaba cumpliendo una sentencia.

El ingeniero, con la inquietante frialdad con que había sacado su pistola enfrente de todos, preguntó por mi mujer; quiso saber qué ocurría con ese laír, por qué no podíamos tenerlo. -Es posible ingeniero que ya esté embarazada, pero aún no estamos seguros-. Solana se dirigió al juez que parecía un enano, oculto casi debajo de su escritorio, le pidió que omitiéramos este incidente en el acta y desahogáramos la audiencia. El juez miró a su secretario y luego a mí, en silencio amagamos con estar de acuerdo. El ingeniero bajó el arma, la entregó al Secretario y entonces pudo llorar.

 


Imagen:

"Sin tomarle protesta, una corriente de aire la arrastró del camisón y la puso oficialmente dentro del caso. Estaba volando en su primer sueño. Disfrutaba poder ver la ciudad pasándole por debajo sin temor de caer, y luego el campo con sus olores y ruidos."

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