Ramsés Figueroa
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El grillo

De la serie: Te llamas Clara

No te buscábamos para matarte, dijiste. El grillo, desconfiado, camina hacia atrás, preparando su salto de escape. Yo, derrotado suspiro, y acelero los acontecimientos. Mejor de una vez:

- Te voy a explicar, Grillo. Ella tenía curiosidad por verte. No te imaginaba siquiera.

No lo imaginabas alguien, y menos un bicho. No le creíste una sola palabra a Oreus. Te resultaba difícil entender su silencio durante el día, como un fantasma que espera que todos estén callados o nerviosos, dormidos o solos para hacerse presente.

Me conmovió escucharte pensar que el grillo no es sujeto, sino una acción acústica: como suena la noche. Que su voz es la fricción de la cortina negra contra el campo, contra las casas o los sillones de la sala. Si no hay viento no hay grillo, dijiste en tu mente, convencida.

No quise contradecirte, porque eso me trajo recuerdos de mi niñez; cuando lo pensé la primera vez, cuando entendí que podría no ser cierto, y decidí no discutirlo con nadie. La realidad entonces, como ahora, se impuso; sin argumentos, como siempre hace, llegando contundente. Entonces le di la espalda, aunque luego lo olvidé.

Oreus, vehemente, te puso los hechos como algo obvio, como si todo el tiempo, el mundo encontrara los grillos cantando en la calle, en el coche. Desesperada estrategia para quitárteme.

- Es un bicho, Clara.

Ni cómo culparlo, yo habría hecho lo mismo. El grillo sonaba a diario y te ponía nerviosa. Temías una tormenta, la cortina negra se estaría agitando con fuerza. Un coctel de truenos y de viento vendría, con frío e incertidumbre; que aún sin llover -como casi siempre sucedía-, terminó por quitarte el sueño y traerte al fantasma cada vez que caía la noche.

Llegabas a mi cama asustada, temblando. La trepabas de un salto, y sin que yo lo sintiera dormías conmigo, pegada a mí. Tu respiración, tu perfume, tus cabellos cosquilleando. Cómo no iba a sentirlo, cómo no tirarme a ese sueño anhelado de estar contigo la noche entera. Si pudiera detenerlo todo, dejarlo así. O convertirte o convertirme en fantasma de la noche; como ese ruido-grillo tuyo, que siempre llega puntual, constante, para que tú acabes siempre aquí, y estés, como hasta hace un momento. Para soñar despierto que ya es de noche. Para pasarla en vela sintiéndote. ¡Para qué dormir! ¡para qué vivir el día, cuando todo se tiene en la noche!

La sensación de tener al reloj contra el piso, boca abajo, y las manecillas atadas por detrás, era el gozo más profundo de mi niñez; percibir el terror en su cara, escucharlo preguntarme por qué, encontrarlo recuperando el valor, sentenciando y escupiendo que nada habría de lograr, porque no hay nada intranscurrible. Pero no se movía. Podría decir lo que quisiera, sencillamente estaba quieto, viendo al grillo enseñoreado, apoderándose de la noche, de sus matices, de las voces de la casa, ya lejanas, difusas; y de cada hueco de la oscuridad. Era una sola voz: el grillo, el silencio, silencio; el grillo, silencio, silencio. Cadencia constante que disolvía horas y minutos; y me daba la victoria sobre el tiempo: mi secreto del grillo.

Su voz extraña: aguda y grave a la vez; ese sonar constante, igual antes que después durante toda la noche. Un instante sostenido como un puente, como un refugio al que había que llegar con provisiones de quietud, con bienestar y con almohadas que ofrezcan descanso, pero nunca sueño. ¡Qué más imperdonable que perder el momento!

Pero como dije, la realidad se impuso, y no te pude poner de espaldas a ella. Oreus ya había intentado traerla, para impedir que vinieras a mi cama de noche. Curioso secreto de tres: tú buscando un refugio, yo buscándote a ti; y él buscando evitar que nos encontraramos. Irracionales celos que no podía cuestionar... ¡¿con qué cara?! Haber recurrido al miedo para tenerte a mi lado era mezquino. Una bajeza completa.

- No puede ser un bicho Oreus. Ya lo hubiéramos visto.

- Ya lo has visto Clara, pero nunca reparaste en él.

- Tendríamos que ver huellas de grillo, en toda la casa, en los jardines, en el campo. Tantas huellas cubrirían el mundo entero. Yo no he visto eso.

Incrédula, iniciaste la persecución. No fue curiosidad lo que te hizo meterte entre los cojines del sillón, inventarnos razones para ayudarte; a encontrar tu liga azul, tu espejo, cualquier cosa.

No emprendiste la búsqueda explicando, nadie lo hace. Se dicen cosas, se venden ideas, verdades a medias. Que todos oigan lo que quieren escuchar, que todos crean encontrar lo que buscan sin buscar. Hacerles parecer que tú hurgarás el mundo por ellos, que sólo deben ayudarte a revolver la cocina, entre los trastes, tras el mueble de baño. Oreus sonriente se hacía el engañado, era quien más deseaba encontrar el grillo; y yo no podía hacer otra cosa, quedaría claro que me había aprovechado de tu temor.

Buscamos durante varios días, sin tener suerte. Hablo de ustedes, porque yo aún tuve ocasión de disfrutar las últimas noches contigo, sabiendo que el cuento inventado sobre el grillo terminaría quizá mañana o pasado. Oreus quería que buscaramos en la noche, sería más sencillo seguir su voz. Clamé por Clara, por su miedo justificado, para qué exponerla, qué necesidad, qué urgencia.

El hombrecillo tuvo que ceder. La insistencia lo dejaría al descubierto ahora a él, nos daríamos cuenta de sus celos de mí, de su amor por ella, de la guerra que hacía mucho sosteníamos. Sin decirnos nada, sin declaratorias, ni posturas, ni armas. Como un ajedrez de reyes confrontados por la atención de la dama, una sola; que puede ser blanca o negra, dependiendo quién gane. De eso se trata el juego.

El grillo nos despertó a todos. Un recital en forma, sobre el buró, frente a mis ojos. Clara incrédula topó a su fantasma, la realidad nos tenía copados.

- ¡Eres un bicho!

Sin decir nada se puso en guardia, como si pudiera atacarnos, como si pudiera hacerme más daño, del que ya había hecho saltando al buró.

No te buscábamos para matarte, -dijiste-. El grillo, desconfiado, camina hacia atrás, preparando su salto de escape. Derrotado suspiro, y acelero los acontecimientos. Mejor de una vez:

- Te voy a explicar Grillo. Ella tenía curiosidad por verte. No te imaginaba siquiera.

- ¿Y en qué puedo servirte niña?

- No sé. Pero no tendrías que alejarte de mí, yo no te voy a hacer nada. Es sólo que no podía creer que eres un bicho.

- ¿Un bicho?

- Te lo dije Clara, el grillo es un bicho.

- Me daba mucho miedo escucharte, me asustan los truenos y el viento en la noche. No se sabe qué esperar, así no se puede dormir sola.

Me miras, pensando un instante. Encuentras tu idea y te diriges al grillo de nuevo:

- Pero cuando el miedo cede, me gusta. Me arrullas.

El grillo, atónito, no alcanza a parpadear. Como si realmente pudieran hacerlo. No entiende nada.

- No eres hermoso grillo, pero cantas muy bonito. La misma estrofa toda la noche. Como si el tiempo no pasara, como si hace un momento siguiera siendo ahora mismo. Eso llega a ser un buen lugar para estar. Por eso te buscaba...

Me miras de nuevo, sonríes y tu expresión se vuelve complice, como entendiendo. No, como haciéndome saber que lo entiendes.

-...pero no a ti realmente, era alejarme de mi estar sola, de mi ser triste; y encontrar un momento que dure un siempre tan grande, que al levantarme me siga sintiendo bien. Ahora, creo que ya nos podemos ir a dormir.

Te levantas de mi lado. Me besas la frente y te bajas de un salto. Entiendo que dormirás en tu cama esta vez, esta y las que siguen. Oreus, el grillo y yo, sin más conversación que miradas, optamos por romper filas.

Al borde de mi cama sin ti, busco el recuerdo de las últimas noches. Lo encuentro y me entrego al ruido-grillo, que ya empezó a cantar. Y lo voy repasando con calma, como cuando era niño, cuando creía que ese momento era lo más real del mundo.

 

"Buscamos durante varios días, sin tener suerte. Hablo de ustedes, porque yo aún tuve ocasión de disfrutar las últimas noches contigo, sabiendo que el cuento inventado sobre el grillo terminaría quizá mañana o pasado. "

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