Ramsés Figueroa
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La extraña flor que sueño

De la serie: Relatos del cardiógrafo

Cuando volví en mi mente al bosque, el coyote estaba echado en el piso, con sus ojos claros fijos en mí. Su expresión no era la misma, sino tierna, simpática y cómplice. De algún modo me había entendido, y sabía que yo soñaba sin voz. Levantó sus orejas atento, conciente de que ella me estaba buscando, percibía sus pasos cimbrando el jardin, ligeros y erráticos. Nerviosa, quería gritarle que estaba ahí, quería esconderme, pero luego llegaba el aire, rozaba mi tallo, y me estremecía, temblaba de gusto, de mucho, de tanto.

- La has llamado -me dijo el coyote sin perder su postura-, y ya viene por ti, no ha de tardar. Puedo ver lo que sientes, es tan claro, tan intenso; podrías haberla pensado desde cualquier sitio, y ella sabría encontrarte.

Los pasos eran más fuertes, llegaría en cualquier momento. El coyote se levantó, y acercándose a mí siguió hablando:

- Jamás había visto un corazón florecer, es algo muy raro. Porque eres corazón y eres flor, y al mismo tiempo eres ella. Y ni siquiera sé cómo referirme a ti. Han de estar sufriendo mucho, ese mundo donde viven es duro, la gente miente porque sí, por llenar sus propios vacíos. Les hace bien soñar aparte, para no sentirlo todo junto. Ojalá no quiera llevarte consigo, es muy pronto.

En mi estado flor había sensaciones, caricias del aire, pero no desamor ni celos. No estaba ahí Rafael, no había discusiones ni se repetían los días. No me veía exigiendo razones, suplicando por oírlo decir la verdad, por desoírla, evadirla: te están engañando ¿no te das cuenta?, ya tiene a otra; un día deberías seguirlo, ¿por qué no contratas a alguien? Me alegré de no soñar otra vez que estoy en la escuela llorando, corrigiendo la plana completa, por acentuar la palabra: mentira; que es grave por sí, sin necesidad de acentos, sin tinta roja.

Ella apareció de repente, a tiempo; justo cuando el dolor empezaba a sacarme del sueño, a arrastrarme a otro, al mismo de siempre. La ansiedad me enrojecía en los pétalos, por tenerla de frente; viéndome, viéndose. Se inclinó para olerme con lágrimas corriendo en su rostro. Su aliento entrecortado me perfumaba por dentro, me nutría, me hacía sentir cómoda.

- ¡Qué flor más hermosa eres tú! ¡Qué falta me hacía ver algo así!

Me contempló hasta entrada la tarde. Se despidió y regresó a la carretera donde había dejado el coche, protegida por las criaturas del bosque. Todavía estuve soñando lo mismo, durante algunas noches y días. Soñando que no era yo, o que sí era, pero que todo era distinto.

 

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