Ramsés Figueroa
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Entre los dedos de Dios

Te aprisionó en su mano, procurando no dañarte. El dolor invadió tu ser y tu no ser, tu sueño, el insomnio, la noción de los días. Sentiste temor de estar cayendo, de volar; terror de estar enmedio, levitando, a la mitad del tiempo, en la víspera de nada.

— El cambio es interior, —te susurró al oído—, tenme paciencia. No puedo soltarte ahora, mi mano se está quemando, se consume igual que tú; pero el mundo sería devastado: y aún debes verlo.

Adormecida asentiste, y te dejaste morir.

El milagro termina puntual, le cosquillea en la mano, y afloja los dedos. Despiertas, te pones de pie y extiendes tus alas. Te encuentras hermosa, nueva y desnuda. Agradecida, te vuelves a verlo, y titubeas; su mirada te ha provocado pudor. Sonriendo, se acerca a tu oído y te dice en secreto.

— No niña, son tus alas que tiemblan, es la magia del aire. Ahora vuela, enternece al mundo; transfórmalo tú.

 

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